
Moldavia no ofrece el turismo masivo de las grandes capitales europeas. Su atractivo es la autenticidad
Por: Rodrigo Aguilar Benignos
Analista Internacional y Miembro del Consejo de Relaciones Exteriores de EEUU
Uno de los paises menos visitados en el mundo es Moldavia. Para muchos mexicanos, este pequeño país entre Rumania y Ucrania sigue siendo prácticamente desconocido. Detrás de esa discreción hay paisajes rurales, monasterios, buena gastronomía y una de las culturas vinícolas más antiguas de Europa. Moldavia no ofrece el turismo masivo de las grandes capitales europeas. Su atractivo es la autenticidad: recorrer pueblos que conservan su propio ritmo, conversar con productores y probar recetas familiares sin sentir que todo fue diseñado para la mirada extranjera.

Chișinău, la capital, es la puerta de entrada y también el mejor resumen de la transformación del país. Verde y caminable, combina avenidas arboladas, lagos y parques con fachadas de piedra caliza que le dieron el nombre de “Ciudad de Piedra Blanca”. En sus calles conviven la herencia soviética, la cultura rumana y una generación joven que mira hacia Europa. La capital recibe 68% de los turistas que se hospedan en Moldavia y concentra más de 80% de su capacidad hotelera. En 2025, los establecimientos de hospedaje del país recibieron 525 mil visitantes, 10.7% más que el año anterior. La escala continúa siendo reducida frente a los destinos europeos más conocidos, lo que abre la posibilidad de desarrollar turismo cultural, rural y gastronómico sin perder aquello que hace diferente al país.
Además, Chisinau con bares de vino, museos, rutas peatonales y festivales que convierten sus espacios públicos en escenarios de música, gastronomía y danza. Para el viajero latinoamericano hay una familiaridad inesperada: celebraciones abiertas, hospitalidad alrededor de la mesa e incluso la mămăligă, plato nacional de moldavia, preparada con maíz y acompañada de queso, crema y carne. Fuera de Chișinău aparece la Moldavia rural. A poco más de una hora se encuentra Orheiul Vechi, una reserva de valles, acantilados de piedra caliza, asentamientos antiguos y monasterios excavados en la roca. El recorrido invita a caminar sin prisa y terminar la jornada en una casa rural, con comida tradicional y vino de la región.

El vino ocupa el centro de esa experiencia. Moldavia tiene cerca de 110 mil hectáreas plantadas con vid, aproximadamente cuatro por cada 100 habitantes, y exporta a más de 70 mercados. Dos lugares permiten comprender esa tradición: Castel Mimi, a unos 30 kilómetros de Chișinău, une una historia iniciada en 1893 con arquitectura, gastronomía, hospedaje y producción vinícola. Por otro lado, Cricova ofrece algo distinto: a unos 60 metros bajo tierra se extiende una ciudad del vino formada por galerías de piedra caliza, salas de degustación y colecciones históricas. Allí se conocen variedades locales de uvas como: Fetească Albă, Fetească Regală, Fetească Neagră, Rară Neagră y Viorica que vuelven diferentes y particulares los vinos del país y llevan sus sabores propios a un mercado donde hay uvas ya muy vistas y sabores conocidos.

La redirección y transformación del país tiene un rostro político: Maia Sandu. Economista, primera mujer en presidir Moldavia y una de las dirigentes más respetadas de Europa Oriental. Bajo su liderazgo, el país ha defendido su democracia frente a presiones externas y ha convertido la integración europea en un proyecto nacional. Moldavia obtuvo el estatus de candidata a la Unión Europea en 2022, abrió negociaciones en 2024 y alcanzó nuevos avances en 2026.
La procedencia de la inversión confirma el desplazamiento económico del país. Al final de 2025, el capital originado en la Unión Europea superaba 3,100 millones de euros, más del doble que en 2018. Los países comunitarios concentraban 84.5% de las participaciones extranjeras en empresas moldavas. Más de 65% de las exportaciones se dirigía a la UE, mientras que menos de 10% llegaba a los países de la antigua esfera soviética.
La adhesión a la Union Europea no está garantizada ni tiene una fecha definitiva. Exige reformas profundas en justicia, administración pública, competencia y supervisión económica. Bruselas acompaña el proceso con un mecanismo de 1,900 millones de euros para el periodo 2025-2027, condicionado al cumplimiento de reformas. La cantidad equivale a cerca de 9% del PIB anual moldavo, pero su importancia no está únicamente en el monto. Ese financiamiento puede modernizar infraestructura, fortalecer instituciones y reducir los costos de acercar el país al mercado comunitario.
Sandu ha fijado como aspiración avanzar hacia la membresía antes de que termine la década. Aunque el calendario dependerá de Bruselas y de la capacidad interna para ejecutar cambios, la existencia de una dirección definida reduce una de las principales primas de riesgo de una economía pequeña: la incertidumbre sobre su rumbo estratégico.

Para un inversionista, la convergencia europea puede modificar gradualmente la relación entre riesgo y rendimiento. Mejores carreteras, mayor seguridad energética, trámites digitalizados y reglas homologadas reducen fricciones. Quien espere a que el proceso concluya probablemente encontrará activos más caros y mayor competencia. Moldavia cuenta con acuerdos comerciales que abarcan 47 países y, según su guía oficial de inversión, ofrecen acceso potencial a más de 870 millones de consumidores. Su impuesto corporativo general es de 12% y dispone de zonas económicas libres, parques industriales e incentivos para manufactura, electrónica, agroindustria y materiales de construcción.
Sandu ha logrado proyectar internacionalmente a una nación pequeña sin reducirla a su pasado soviético, ni a la guerra vecina. En esa estrategia, el turismo, el vino y Chișinău cumplen una función central: diversifican la economía, fortalecen comunidades y muestran un país seguro de su identidad mientras define su futuro. Moldavia todavía no ocupa un lugar central en los circuitos turísticos, y esa es precisamente una razón para visitarla ahora. Entre una oferta europea cada vez más uniforme, conserva algo escaso: la posibilidad real de descubrir una joya.