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Para cuando llegó la guillotina de los precios bajos del petróleo, el Estado mexicano ya había puesto en la tabla el cuello de la gallina de los huevos de oro.

Si algo debería quedarnos claro a estas alturas es que Petróleos Mexicanos como lo conocimos durante tantas décadas está terminado.

A la empresa paraestatal monopólica la sacaron de su zona de confort, con una reforma energética que llegó más allá de lo originalmente pensado. La mejor descripción de qué tan ambiciosa resultó la reforma la dio el expresidente Ernesto Zedillo, con aquello de que el resultado fue algo que no había previsto ni en el más salvaje de sus sueños.

Ante esos alcances salvajes de la reforma, se diseñó un esquema para privilegiar a Petróleos Mexicanos en la repartición de las canicas para el nuevo juego energético. La Ronda Cero fue el pase VIP para estrenar el bufet de opciones energéticas.

La empresa productiva del Estado, según rezaba el eufemismo de su nueva denominación, no chistó el apartar los filetes y las langostas de aquella mesa servida. Claro que dejó buenos platillos para los nuevos invitados.

En eso estábamos cuando alguien quitó el tapón del fondo de los precios del petróleo y de los 80 dólares por barril de mediados del 2014 llegamos al horror de los 20 dólares de enero pasado.

La crisis global tomó tintes locales para los países productores. Desde los noruegos y su fama de precavidos, hasta la quiebra del Estado Bolivariano de Venezuela.

En México, Pemex agravó su situación de descuido en las inversiones, en su productividad, en su manejo financiero y con la bota fiscal todo el tiempo posada sobre sus ingresos, empezó a deteriorarse rápidamente.

Hoy, Petróleos Mexicanos tiene una certeza: el mismo gobierno federal que tanto tiempo vivió tan bien de sus ingresos es inevitablemente su aval para hacer frente a tantos pasivos que enfrenta. Desde los miles de millones que debe a proveedores, pasando por los bonos colocados en los mercados internacionales, hasta el enorme pasivo laboral, que sobre todo en la parte de pensiones tiene un peso que sólo se puede dimensionar cuando se le compara con el Producto Interno Bruto del país.

No estoy seguro si al nuevo director de Pemex lo sacaron del área administrativa del Instituto Mexicano del Seguro Social o del área de terapia intensiva del mismo instituto, pero las terapias de choque que ya empieza a instrumentar José Antonio González Anaya parece que por lo pronto pueden salvar el apéndice de las empresas proveedoras de menor tamaño.

El préstamo que consiguió Pemex con los bancos Nacional de Comercio Exterior, de Obras y Servicios Públicos y Nacional Financiera sólo se puede explicar en la promesa del gobierno de Enrique Peña Nieto de no dejar sola a la empresa.

Sólo que el tratamiento radical tiene efectos secundarios que hoy ya conocen estos bancos llamados de desarrollo. La firma calificadora Moody’s hizo público algo que tienen muy claro: prestar 15,000 millones de pesos a la empresa petrolera para que pague a sus proveedores compromete su situación financiera.

Al final del día, si escarbamos en la tierra, estas instituciones financieras y Pemex tienen la misma raíz del aval del gobierno federal.

El punto es que si Pemex ha perdido posiciones en su calificación crediticia y la banca de desarrollo también recibe una llamada de atención, lo que indican estos movimientos es que la tarjeta amarilla podrían mostrársela a la deuda soberana del gobierno federal, con una puesta en revisión de su calificación, y ése sí es un evento tan relevante como indeseable.