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Ahí están los equipos negociadores de México y Estados Unidos en Washington poniéndose de acuerdo sobre cuál debe ser la secuencia regular de reuniones para avanzar en las discusiones de cara a la revisión conjunta del T-MEC.

Vamos, como en los viejos tiempos cuando lo que contaba era la capacidad técnica de los países involucrados en un acuerdo comercial que debe entrar en una sana y prudente revisión.

Pero nada que ver, en realidad este examen programado del acuerdo comercial trilateral México, Estados Unidos y Canadá, va más allá de un simple trámite para convertirse en un “test de estrés” para la necesaria integración norteamericana en un mundo cada vez más fragmentado.

México llega en una posición paradójica, porque nunca hemos sido tan necesarios para la seguridad nacional de Estados Unidos, pero tampoco nos habíamos enfrentado a tal nivel de revisión y reclamo en temas que van más allá de lo estrictamente comercial.

Desde la visión del acuerdo, sea a través de la revisión o la renegociación, el centro de lo que viene es un endurecimiento de las reglas de origen, con el claro objetivo estadounidense de marginar a China de la región lo más posible.

A ese interés de Washington se suma la exigencia mexicana de ser mucho más que una plataforma de ensamble para evolucionar a un verdadero centro de manufactura de insumos críticos de alto valor agregado.

Pero tan nobles propósitos de ambas partes se topan con temas comerciales no resueltos.

La oficina del representante comercial de Estados Unidos (USTR) se mantiene firme en su postura de hacer valer el Capítulo Laboral, en superar los atavismos ideológicos mexicanos en materia de los productos agrícolas modificados genéticamente y la incertidumbre en el sector energético, no solo por el respeto a sus inversiones, sino por la falta de garantías de suministro oportuno de energía para la industria.

Todo eso forma parte del mundo comercial, pero lo que hace distinto este momento, más allá del agua y el aceite ideológico entre ambos países, son los factores no comerciales.

México llega con la inesperada carta bajo la manga de que Estados Unidos, en medio de este polvorín geopolítico, buscaría privilegiar el friendshoring. Pero esta preferencia tiene el inevitable costo que impuso Donald Trump de pagar facturas en materia de migración y narcotráfico.

En este momento, México tiene en la coyuntura un punto a su favor, que se suma a la ventaja geográfica de siempre. Sin embargo, arrastra una creciente debilidad institucional.

La guerra en curso en el Medio Oriente, de alcances desconocidos, nos ubica como un necesario hub logístico para la economía estadounidense.

Sin embargo, si México se pierde en las intentonas autoritarias de su gobierno y no logra alinear sus políticas internas, en materia energética, de Estado de derecho y seguridad, con las exigencias del bloque norteamericano corre el riesgo de no ser tratado como socio, sino como el eslabón más débil al que se le imponen toda clase de condiciones en lugar de negociarlas.

La revisión del T-MEC no solo redefine aranceles, sino que va a ubicar a México como parte de la maquinaria de la región de Norteamérica o simplemente como el componente desechable en la estrategia de seguridad de Estados Unidos.