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No hay duda de que juntar el proceso de liberación de los precios de las gasolinas con la llegada de Donald Trump al poder fue un error. Pero pinta para ser una pifia peor que una vez iniciado el proceso de la apertura necesaria de los energéticos, se echen para atrás.

Ahora que ya dejó ver el gobierno de Enrique Peña Nieto que va a recular en lo que el colectivo llama el gasolinazo, ya le sobran padres a lo que consideran la victoria del regreso a los precios controlados por razones políticas.

Hay razones técnicas para que las gasolinas no suban mucho. Los precios de referencia están ligeramente más altos que cuando se fijó el precio de enero, aunque están más bajos que hace un par de semanas.

El tipo de cambio del peso frente al dólar tuvo un espantoso mes de enero. Durante el mes pasado se disparó hasta los 22 y regresó a los 20.70, que es un nivel similar al que se utilizó para el cálculo del precio anunciado para principios de este año.

Si la lógica que defendieron desde el gobierno federal prevalece, el viernes debería anunciarse un ligero aumento a los precios. Cualquier otra decisión, como mantener el precio o incluso disminuirlo, es regresar los precios al terreno de la discrecionalidad.

No es de sorprender que el partido del presidente se quiera ahora presentar como paladín de la economía familiar, porque vive de hacer eso. Pero que hasta las organizaciones empresariales como el Consejo Coordinador Empresarial pidan a gritos el regreso al populismo de los subsidios y dejar el camino del libre mercado, eso sí es aberrante.

Si efectivamente esta semana se confirma que hay marcha atrás en el proceso de liberación de las gasolinas, se podrá confirmar que las manifestaciones, las protestas y hasta los saqueos funcionan para doblegar al gobierno.

Por ello tienen que ser muy cuidadosos en la manera como venden este “triunfo” del pueblo.

No me queda duda de que el gobierno federal tiene sentimientos encontrados hacia Donald Trump. Evidentemente que se ha constituido como la principal amenaza económica presente para el país, pero al mismo tiempo gracias a los vituperios lanzados por este personaje, en México se ha conseguido algo que se perdió hace mucho tiempo: la unidad en torno a una causa común.

Es evidente que ahora que reivindicamos la mexicanidad, la bandera y el escudo como algo de todos nosotros, no saldrá el gobierno a echar todo a perder con otro gasolinazo.

Los grupos rupturistas internos han fracasado en su intento de descarrilar ese resurgimiento del nacionalismo. No han logrado desprestigiar el uso de los tres colores de la bandera, no han podido reclamar nada a la actitud del presidente y su equipo. Este es un manjar para un gobierno que vive en el sótano de la popularidad.

Sería un error político echarle gasolina al fuego, ahora que recuperan algo de la popularidad perdida. Pero frenar la apertura de precios tendría otros costos que no se pagarán con marchas y protestas, pero sí con un aumento en la desconfianza de aquellos que ven que el compromiso de regresar al camino de la disciplina financiera topa fácilmente con las razones político-partidistas.