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Por Rubén Cortés

En los desfiles que concedía Roma a sus emperadores tras el triunfo en una gran guerra, a la espalda del homenajeado (que iba parado sobre una cuadriga) un esclavo mantenía en alto una corona de laureles entrecruzados y tenía que repetirle una letanía en el oído:

Respice post te! Hominem te ese memento! (¡Mira atrás y recuerda que sólo eres un hombre!) Memento mori, memento mori (Recuerda que vas a morir, recuerda que vas a morir).

Lo describe Santiago Posteguillo en La trilogía de Escipión, un best seller que solían leer mucho los políticos hace unos años, por la tesis que plantea de evitar que “Roma cayera en manos de los que representaban valores opuestos”.

Pero sigue siendo una lectura de estos tiempos, en que las democracias más pobladas son gobernadas por políticos populistas poco doctos, pero endiosados por la popularidad que gozan: Trump, Bolsonaro, Putin, Narendra (India), Widodo (Indonesia)…

Políticos que no creen haber sido electos para administrar el Estado durante un periodo determinado, sino que se consideran próceres llamados a esfuerzos mucho más épicos y convencidos, además, de que gobernar es sumamente fácil.

La literatura es rica es estos personajes, creídos de que todo es posible con larguísimos monólogos, no con talento, únicamente con su sola presencia honesta e impoluta, capaz de abrirse paso entre nidos de ratas.

Con un gobernante proveniente del campo, que mandaba en el país como si este fuera una gran palapa, un potrero interminable o un granero inmenso, García Márquez los retrató de cuerpo entero en El otoño del patriarca:

No parecía entonces una casa presidencial sino un mercado donde había que abrirse paso por entre ordenanzas descalzos que descargaban burros de hortalizas y huacales de gallinas en los corredores, saltando por encima de comadres con ahijados famélicos que dormían apelotonadas en las escaleras para esperar el milagro de la caridad oficial.

También Miguel Ángel Asturias en El señor presidente:

En la ciudad continuaba la fiesta en honor del Presidente de la República. En la Plaza Central se alzaba por las noches la clásica manta de las vistas a manera de patíbulo, y exhibíanse fragmentos de películas borrosas a los ojos de una multitud devota que parecía asistir a un auto de fe.

Pero no son literatura. Están en el mundo real: de 1990 a la actualidad, han gobernado 46 populistas en 33 democracias (https://institute.global/insight/renewing-centre/populist-harm-democracy).

La mitad de ellos duplicó el periodo para el que había sido electos (ya fuese por reelección o después de cambiar la Constitución para poder reelegirse) y el 66 por ciento abandonó el cargo sólo al ser destituidos por la presión de sus gobernados.

Y todos ofrecen la esperanza insensata de que ellos tienen la llave de la felicidad.