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La poderosa imaginación de los que buscan la transformación de la vida pública nacional, suponía que, con la masiva repartición de recursos públicos entre los sectores más desfavorecidos, se moverían los engranes del consumo y con ello se favorecería a otros sectores sociales.

Está por verse si esa estrategia de reorientación del gasto público al gasto asistencial puede servir para conservar el poder por la vía electoral, porque claramente fue una estrategia fallida como motor de crecimiento económico.

Primero, porque se distrajeron recursos públicos indispensables para generar riqueza. Incluso en el propio gasto social, porque se desviaron recursos al clientelismo en lugar de reforzar los servicios de salud, la vivienda o la educación. Se desvanecieron los recursos que estaban destinados a la creación de infraestructura. Y la sequía presupuestal puso en jaque a muchas instituciones del Estado mexicano.

El costo beneficio de los objetivos de gasto de la 4T han dejado resultados adversos al crecimiento y desarrollo de la economía mexicana.

Hay un factor no presupuestal que dañó más a la economía mexicana y que forma parte intencional de las políticas de gobierno. Las demostraciones de poder que han dañado la confianza de muchos agentes económicos provocaron la contracción de la inversión y el gasto de la iniciativa privada. Sin esos capitales no ha manera de que esta economía pueda crecer.

En esa demostración de impericia gubernamental estábamos en México cuando la mala suerte se encargó del resto. Con la pandemia del Covid-19 se agravó el escenario mexicano que ya apuntaba a una mala ruta económica.

El nuevo cálculo imaginario es que ya tocamos fondo y que estaríamos en estos momentos experimentado una vigorosa recuperación de la economía. Para no ser tecnócratas neoliberales recurren mucho a las figuras de esos sectores tan despreciados y hablan de una recuperación en forma de “V”. Lo que implicaría en sus cálculos que si caímos el trimestre pasado 15%, la recuperación tendría que ser en la misma proporción, ya sea el resto del año o, para no abrir mucho la “V”, máximo durante el 2021.

Pero los fríos números de las mediciones económicas nos dicen otra cosa.

Toda esa desconfianza acumulada durante este sexenio, que empezó a abultarse desde el 2018 con la cancelación del aeropuerto de Texcoco, ha llevado a este país a una caída constante de la inversión fija bruta.

Desde finales del 2018 se notó una clara tendencia a la baja en la inversión. Y sin esos recursos no hay creación de empleos y no hay crecimiento económico posible.

De acuerdo con los últimos datos publicados por el Inegi a esta tendencia hay que restar los efectos de la pandemia. En abril, en términos anuales, la inversión fija bruta se contrajo 36.9 por ciento. Es muy probable que si mejora el combate al coronavirus haya un rebote en ese desplome, pero la tendencia de desconfianza en la economía mexicana no parece que se pueda romper con facilidad.

Más que buenos deseos gubernamentales, se necesitan inversionistas y consumidores que crean en la estabilidad y el buen manejo de este país.