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Vale la pena tomar mucho más en serio las señales de la volatilidad cuando los mercados reaccionan en sentido contrario a lo que están viendo en las noticias.

El viernes, los resultados del empleo en Estados Unidos habrían anticipado una reacción positiva por las evidencias de recuperación económica, mientras que las tensiones entre los árabes y los iraníes eran una señal inequívoca para que se presionaran al alza los precios del petróleo.

Pero no, eso no sucedió, sino todo lo contrario. Los mercados bursátiles continuaron con su derrumbe, los precios de los hidrocarburos siguieron su ruta descendente y las monedas siguieron con sus procesos devaluatorios.

Pueden ser síntomas de algo más que inversionistas nerviosos y tiburones especulando en los mercados. Puede ser la evidencia de que tantos cabos sueltos podrían desembocar en otra crisis económica global, como la de hace apenas ocho años atrás.

Antes de que acabara el año pasado, había una versión que empezaba a generalizarse sobre la divulgación de datos maquillados sobre el comportamiento real de la economía china. Había la percepción de que la caída era mucho mayor a lo aceptado por el gobierno comunista de Beijing.

Y como la realidad suele ser tan necia y poco le importan las versiones oficiales, lo que hemos visto durante los primeros días de este 2016 podría confirmar que la desaceleración del gigante asiático podría ser mucho mayor.

Cuando la semana pasada el peso llegó a los increíbles 18 por dólar, se dejó correr la versión de que todo era producto de una guerra de divisas. Que los chinos habían decidido devaluar el renminbi como una manera de impulsar sus exportaciones y salir así más rápido de su ralentización.

Esta teoría implicaría que los chinos decidieron un cambio en su estrategia de desarrollo para regresar a sus orígenes. Dejar de impulsar un mercado interno fuerte, ante el fracaso financiero que esto implicó, y dedicarse mejor a colmar el planeta de productos Made in China a través de las exportaciones baratas.

Lo primero que hay que ver es que una moneda débil no necesariamente implica una industria exportadora fuerte. Lo hemos visto en México: cómo con dólares tan caros la industria exportadora ha presentado incluso resultados recesivos.

Lo que parece que sucede en China es una pesadilla mucho peor que la conjura del Partido Comunista para competir con yuanes devaluados. El gran gigante asiático está ante una estampida de capitales que está obligando a su autoridad monetaria a vender bonos del tesoro de Estados Unidos para sostener su moneda.

La inestabilidad continua durante tantos meses en los mercados financieros, con este nuevo episodio violento de principios de año, puede no ser simplemente un momento volátil, algo que va a ser temporal y un mal recuerdo.

Las economías emergentes están en condición delicada. Algunas tienen desequilibrios fiscales serios, otras tienen altas tasas de interés y de inflación. Unas más están en el terreno recesivo y todas tienen monedas severamente devaluadas.

Europa sigue sin marcar una tendencia clara de salida de su estancamiento, Japón no sale de su pantano fiscal y Estados Unidos se debate entre el incremento de las tasas de interés y su moneda súperpoderosa que estorba a su actividad industrial.

Puede ser una señal de alarma, una alerta sísmica temprana, para prevenir un nuevo episodio de desorden financiero y recesión de alcances globales.