Si yo estuviera frente a Trump


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Manuel AjenjoEl Privilegio de Opinar

Entre los artículos de primera necesidad humana que no suben de precio y que, todavía, no causan impuestos, está el sueño


Foto de Reuters

Entre los artículos de primera necesidad humana que no suben de precio y que, todavía, no causan impuestos, está el sueño. Esta afirmación no necesita un vocero, una coordinadora de campaña o un presidente de partido, para defender su veracidad. Nadie puede objetar la necesidad básica, la exigencia fundamental, que tienen el cuerpo y el alma de soñar.

Los expertos en las ciencias de la salud recomiendan para una persona adulta el sueño físico de ocho horas diarias. Por lo general este sueño es nocturno, a no ser que el sujeto del verbo sea velador, médico de guardia o escritor de humor inocuo para la televisión.

El sueño visto como una necesidad o menester del alma es aquel en el que el soñador no necesita cerrar los ojos ni sumergirse en el mar del subconsciente para crear fantasías en su mente; le basta con divagar en la dimensión de la imaginación para engendrar imágenes y sucesos irreales pero que al ocurrir dentro de nosotros mismos tienen un efecto liberador. Aquí, mi otro yo, el centrado, el serio, me advierte que estoy a punto de meterme en lo hondo, yo que, apenas, con trabajo nado en lo bajito.

Regreso al chapoteadero para decirles que el punto al que quiero llegar sin afectaciones, ni ejercicios retóricos que debo dejar para otro momento y diferente tema, es que en ocasiones padezco de insomnio, me cuesta trabajo dormir. Anoche o, mejor dicho, esta madrugada, fui víctima de una de estas molestas circunstancias. Ahora me doy cuenta de que cometí la tontería de tratar de dormir con el arrullo de las noticias televisivas que me espantaron el sueño, porque entre ellas destacaban lo expresado por Donald Trump, el orate presidente del país del norte, que quiere frenar el acuerdo respecto al programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia, conocido como DACA; desmantelar el Tratado de Libre Comercio (TLCAN). Inclusive, me espeluznó la idea que propuso contra los migrantes: aprobar leyes con opción nuclear (¡Jacobo!).

Apagué la televisión. Por más invitaciones que les hice a la reconciliación mi consciente y mi subconsciente no se ponían de acuerdo y, como si fueran candidatos en pugna política, cada cual jalaba para su lado. Como ya no estoy en edad de jaladas, decidí sacarle provecho a mi insomnio y soñar despierto.

Fue entonces que mi imaginación me puso frente al pinche güerejo pelos de muñeca vieja, para decirle sus verdades. Por supuesto que me preparé para esta oportunidad con la lectura de las entrevistas realizadas a grandes escritores mexicanos por el periodista, escritor y editor, licenciado en Comunicación y maestro de Letras Latinoamericanas por la UNAM, don Raúl Godínez, publicadas en su libro: Trump, México te habla.

Le diría, al repugnante magnate, lo manifestado por Hernán Lara Zavala: Mira, güey, “en tu ignorancia enciclopédica, has pasado por alto que la frontera donde (ustedes) los norteamericanos han levantado muros que tú intentas extender a lo largo de toda la línea, fue, durante siglos, territorio, primero español y luego mexicano, mismo que le fue usurpado al país gracias al pretexto de una guerra abusiva (1846-1848), provocada básicamente por intereses económicos —el algodón por una parte y las industrias del norte por otra— con el propósito expreso de ampliar sus territorios en los que la esclavitud pudiera ser legal”.

Sin esperar su revire continuaría yo con mi discurso, frente a frente y cara a cara le diría lo expresado por Carlos Martínez Rentería: ¿Sabes una cosa, pendejo? “Estás poniendo en riesgo la civilidad, la convivencia y la vida de millones de personas en el mundo”.

Sin darle chance a responderme, seguiría mi arenga con argumentaciones producidas por el cacumen de Emiliano Pérez Cruz: “Te oigo (a Trump) y te me figuras como una versión sui generis de Vicente Fox en México: el arribo de la patanería al poder. Así de analfabeta te ves, con todo lo que eso conlleva. Pero más allá de lo anecdótico, a mí de inmediato se me presenta la imagen de Hitler, inevitablemente, con estos desplantes de autoritarismo y donde la cuestión de la misoginia es sumamente ruda”.

Seguiría en la línea de pensamiento de don Emiliano —la transcripción es de quien la trabaja— y reconocería  que “le hemos cargado mucho la culpa a esta administración gringa, cuando la culpa de origen, el pecado original, está acá en México: el pecado de la corrupción, de la carencia de empleo, de los salarios de mierda, del subempleo y de la economía subterránea”.

Luego le pintaría caracolitos con mi mano derecha y me vendría de regreso echo la madre antes de que me cerraran las fronteras. Sólo una duda atormentaría mi inquieta cabeza: ¿Me habrá entendido este hijo de su pinche madre? Todo se lo dije en español.

Ya de regreso de mi fantasía, me doy cuenta de la falta que me ha hecho el dominio del idioma inglés en mi vida. Nunca es tarde —me digo—, estás a tiempo de aprender a hablarlo. Entonces sí, una infinita somnolencia me invade y antes de quedarme profundamente dormido me acuerdo de mi padre, andaluz de pura cepa, le oigo decir: “Fíjate tú qué idioma: Se escribe pie, se pronuncia pay y es un pastel”.

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  1. Los seis dedos de Aurelio

    Nació de parto normal. En un principio nadie lo percibió. El obstetra se ocupó de los detalles importantes como el corte del cordón umbilical y la llamada prueba de Apgar que sirve para evaluar el latido del corazón, la respiración, el tono muscular, la respuesta de reflejos, el color y el género al que pertenece el recién nacido. En este caso fue un varón y superó la prueba con solvencia.

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