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Tras perder ahora el votos de la clase media en 2018 (con el cual ganó la presidencia) el presidente dedicará la segunda parte de su mandato a terminar de aplastarla: sabe que, si sigue existiendo clase media, jamás vuelve a ganar.

Lo sabía desde antes. Por eso desde 2018 se dedica a adelgazarla para ampliar su base social de pobres y marginados: un proceso imprescindible para implantar el sistema socialista que pretende. Pero dos años y medio no le han alcanzado.

Porque la vapuleada clase media le retiró el voto el pasado seis de junio: tuvo 16 millones de votos, casi los mismos que en las presidenciales de 2006 y 2012. Se le esfumó la mitad de los 30 millones que lo hicieron presidente.

Esa mitad provino de la clase media, a la que está acusando de “egoísta, aspiracionista y querer salir adelante”. Así que en lo adelante continuará reventándole sus soportes históricos: pequeños y medianos negocios, escuelas privadas, rentas…

Pero es una clase social que aún boquea: siendo que las clases bajas no tributan, en 2020 aportó la mitad de la recaudación total del Impuesto Sobre la Renta, al pagar 829 millones de pesos.

Aunque el presidente ha trabajado duro para hundirla. Sobre las empresas privadas, dijo: “Si van a quebrar, que quiebren. Quebraron un millón 10 mil, y 12 millones de mexicanos ganan hoy menos que hace dos años.

En agosto pasado, las escuelas privadas le pidieron auxilio para sobrevivir a la crisis, pero les dijo: “Eso lo tienen que ver los padres y dueños de los colegios”. Y un millón de alumnos tuvo que abandonar la enseñanza de paga.

La aplanadora sobre la clase media mexicana ha sido de espanto.

Según la firma de investigación de mercados Nielsen, 80 por ciento de la clase media registró este año una baja del 80 por ciento en sus ingresos.

Según el FMI, el gobierno de México es (de las 20 economías industrializadas y emergentes) el que menos apoya a la empresa privada, la generadora natural de la clase media. Lo explica la ideóloga del gobierno, la adinerada empresaria Yeidckol Polevnsky:

“El problema que habría que entender es que, cuando sacas a gente de la pobreza y llega a clase media, se les olvida de dónde vienen, y quién los sacó”.

Se entiende entonces que el dinero que regala el gobierno esté reservado para los 22 millones de personas registradas en sus programas corporativos de captación del voto. Sin embargo, seis millones agarraron la lana, y no votaron ahora por el gobierno.

Porque Morena tuvo 16 millones de votos a favor el seis de junio. Y 70 millones en contra.

Hay que empobrecerlos más, diría Polevnsky.