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Ya a estas alturas no hay duda que la economía mexicana se encontraba en mejores condiciones antes del 2019. Entre las políticas públicas de este gobierno y la pandemia de Covid-19 tenemos garantizado un retroceso económico histórico.

Pero si en algo ya traíamos un retraso importante es en el sector industrial, sobre todo en la relación habitual que existía con Estados Unidos.

Durante prácticamente toda la década pasada se dio un fenómeno de separación entre el crecimiento industrial estadounidense y el estancamiento industrial mexicano. La economía mexicana solía ser arrastrada por la locomotora estadounidense, pero eso se frenó a pesar del acuerdo comercial de América del Norte.

Esto tiene que ver con lo que Estados Unidos hizo y con lo que México dejó de hacer.

La década pasada el sector energético estadounidense pasó de uno insuficiente que no garantizaba las necesidades energéticas locales a uno que fue capaz de tener excedentes petroleros para la exportación.

De este lado, la apertura energética llegó al menos una década tarde y la empresa petrolera estatal se volvió la más endeudada del mundo, anquilosada en términos laborales y agravó su improductividad.

En el sector manufacturero México sacó provecho de sectores de producción voluminosa, especialmente la industria automotriz. Siempre será más fácil armar cadenas de ida y vuelta de la industria del transporte entre dos vecinos, que con un país del otro lado del mundo como China.

Pero justamente en todas esas manufacturas intensivas en mano de obra y que no requieren tan altos niveles de integración, China fue una alternativa que ganó terreno en el mercado estadounidense.

Incluso, desde antes de Donald Trump, Estados Unidos inició un proceso de reindustrialización que rescató algunas manufacturas para sus propios trabajadores.

De este lado, siempre estuvo ausente una política industrial que permitiera aumentar la competitividad frente a la competencia china.

Entonces, a pesar del crecimiento del mercado interno que se convirtió en el motor económico de México la mayor parte de la década pasada, el sector industrial rompió sus vínculos de crecimiento con Estados Unidos y así desaprovechamos la década dorada de la economía estadounidense.

¡Y todo esto sucedió antes del inicio de la 4T! Por lo que hoy soñar que México puede ser el pasajero de la recuperación de Estados Unidos es, por decir lo menos, inocente.

No sólo porque la destrucción industrial en México es hoy más profunda que en años pasados, además de que Pemex está en una condición tan precaria que tiene tintes de quiebra. Si no, sobre todo, porque se ha perdido la confianza en México.

Hoy no hay manera de animar a un industrial estadounidense a que invierta en México sin que calcule un riesgo mayor. Porque si quiere poner una planta de cerveza y le inventan una consulta, le clausuran la planta poco antes de inaugurarla.

Si se trata de una instalación industrial que utilice de manera intensiva energía eléctrica, que se prepare para costos muy elevados, por las trabas ideológicas a las energías limpias.

O simplemente, aquí cualquier día, cualquier cosa, puede sumarse a la lista de las obras de los conservadores que hay que destruir.