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La famosa gira del agradecimiento de Andrés Manuel López Obrador se ha convertido en ese enojo que hace que Bruce Banner se convierta en Hulk; la exposición a las masas es la pócima que hace que el Dr. Jekyll se transforme en Mr. Hyde.

El hecho de plantarse en la plaza pública frente al pueblo bueno desata en el presidente electo ese eterno candidato opositor que lleva dentro y actúa en consecuencia.

Durante las primeras semanas tras el arrollador triunfo electoral, López Obrador mostró una enorme transformación que se ganó la confianza de los escépticos. El buen diálogo que pudo entablar con el gobierno saliente de Enrique Peña Nieto anticipaba una transición de terciopelo.

No ha habido limitantes y ni siquiera malos modos de los funcionarios actuales para abrir toda la información al equipo del presidente electo.

De hecho, los responsables del área económica de la siguiente administración hoy ya ejercen el poder y lo hacen de manera abierta.

El equipo negociador del Tratado de Libre Comercio de América del Norte se vio reforzado con la presencia de un representante directo de López Obrador.

Aunque siempre se presentó como un muy prudente observador, la realidad es que una idea de Jesús Seade destrabó el entuerto de la cláusula sunset que amenazaba con terminar el pacto comercial.

Los designados como futuros funcionarios de la Secretaría de Hacienda hoy ya dirigen el destino del paquete económico del próximo año. Los que todavía despachan ahí del gobierno de Peña Nieto tienen instrucciones de colaborar en lo que les pidan los que llegan. No hay quejas públicas.

En fin, la cordialidad de los dos presidentes paseando por los pasillos de Palacio Nacional se refleja en el trabajo cotidiano de la transición.

Pero la plaza pública transforma al presidente electo. Como si se tratara de una poderosa sustancia, lo lleva a tomar posiciones discursivas que después sus seguidores sufren mucho en tratar de justificar.

Con aquello de la bancarrota nacional, lo único que provocó López Obrador fue unanimidad entre los opositores y el ridículo de los que le obedecen, que no atinaron a explicar sus palabras y quedaron en calidad de subordinados, así fueran diputados o senadores.

Cada exabrupto que comete López Obrador cuando se transforma en candidato opositor frente a la multitud corre en contra de la suavidad de la transición.

El gobierno saliente, con todo y la debilidad y que ya deja ver, no puede permanecer impávido ante las acusaciones del presidente electo. Eso tensa el cambio.

Siempre fue obvio que la imaginación de los alcances de la cuarta transformación no correspondía con la realidad económica del país.

Hoy que hay conciencia de la realidad, hay que buscar responsables del incumplimiento que viene.

Es obligación constitucional del equipo saliente trabajar con el equipo entrante, pero no hay obligatoriedad de un ambiente cordial.

Hoy existen tensiones que genera el propio López Obrador que pueden estorbar en el cambio.

Esa buena relación conviene a todos, a los que se van para que partan tranquilos. A los que llegan, para que empiecen a gobernar en paz. Y a todo el resto de los agentes económicos del país, que si algo desean es estabilidad para que la vida siga adelante.