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Mi primera lectura de Rulfo fue hace medio siglo. Ya era un clásico vivo de la literatura mexicana y ya cargaba la sombra que lo acompañó el resto de sus días: la versión de un escritor hecho por otros, un autor al que le habían ordenado los cuentos de El Llano en llamas y al que le habían rehecho el manuscrito de Pedro Páramo.

Era inexplicable que aquella perfección inquietante hubiera salido de la mano de un escritor que parecía cualquier cosa menos un hombre de letras.

La leyenda de Rulfo como un diamante pulido por otros ha sido desmentida una y otra vez. Una y otra vez ha quedado viva.

El muy buen escritor que fue Ricardo Garibay resumió esta leyenda con una frase particularmente dura y desafortunada: “Rulfo es el burro que tocó la flauta”.

Tratando de elogiar a Rulfo, al recibir el premio de la feria de Guadalajara que llevaba su nombre, Tomás Segovia, hombre de letras si los hay, dijo algo que está en la franja del dictum de Garibay.

Es el tipo de escritor que tiene el puro don, es decir, es un escritor misterioso. Nadie sabe por qué Rulfo tenía ese talento, porque en otros escritores uno puede rastrear el trabajo, la cultura, las influencias, incluso la biografía, pero Rulfo es un puro milagro, nadie sabe por qué tiene ese talento. No tuvo una vida muy deslumbrante, no fue un gran estudioso ni un gran conocedor, él simplemente nació con el don.

Garibay y Segovia, tan lejanos como son en su oficio de escritores, tienen este rasgo común de no entender por qué Rulfo tocó la flauta o tuvo el don. Nos pasa esto a todos los escritores con los colegas que han tocado la flauta o tenido el don.

Pero este es el hecho absoluto de Rulfo: recibió de los dioses la flauta que había que tocar y el don que había que tener, para ganar un sitio aparte en el panteón de la literatura, que no es un cementerio de autores muertos sino un enjambre de lectores vivos, que siguen leyendo a sus clásicos.