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Por el accidente de la L-12 no habrá culpables del gobierno, porque no está formado por funcionarios profesionales, sino por compas, cómplices, cuates, amigos de años. O gente como López Gatell: arribistas y pícaros que vieron burro y se les antojó viaje político.

Porque López Gatell es el máximo ejemplo del funcionario clásico de este gobierno: un político pérfido vendiéndose como científico, que para gestionar la pandemia le ofreció al jefe el modelo que le interesaba al jefe, ahorrar cuatro pesos y culpar de todo a los otros.

Al final, el resultado de López Gatell ante la pandemia es el mismo de Marcelo Ebrard con la L-12: la tragedia. Veamos si no:

–Lo que le dio López Gatell a su jefe (que se autodefine de “izquierda”) es el más de medio millón de muertes que lo tienen compitiendo en muertos con la peor ultraderecha del mundo, con el más de medio millón de muertos de Trump y de Bolsonaro.

–Al inaugurar la L-12, días antes de irse del GDF, Ebrard dejó una trampa mortal: a la semana, su sucesor en tuvo que cambiar 46 diarias de la obra durante más de un año. La premura por dejar una obra faraónica sembró el accidente de la semana pasada.

Pero López Gatell es inamovible, como Ebrard y la directora del Metro, Florencia Serranía, quien también es del grupo de compas, cuates, amigos de años: fue directora del Metro cuando el actual presidente fue jefe de Gobierno del DF.

Es el sello de este gobierno basado en las decisiones de una sola persona: la fidelidad al jefe. Y la fidelidad es ajena al mérito. Es un espacio reservado para uso y aprovechamiento particular del jefe. La fidelidad no admite discrepancias, ni críticas.

Por eso López Gatell soba al jefe diciendo que la fuerza del jefe es moral y no es fuerza de contagio de Covid; y el secretario de Salud adula al jefe diciendo que tiene salud de hierro porque sus padres le dieron buenos genes, y el pueblo bueno le regaló inmunidad.

La fidelidad al jefe es el paso fundamental para la implantación de una dictadura personal, porque está por encima de los intereses de la ciudadanía y de la capacidad o el talento. De ahí que el presidente coloque a sus auxiliares en puestos de gobierno.

Sin experiencia alguna y ganando 100 mil pesos, el presidente ubicó como directores a sus ayudantes: Octavio Almada en Conapesca; Arlette Silva, en Contrataciones de Pemex; José Antonio Zamora en el área jurídica de Conagua; Diego Hernández en la SEP.

Es obediencia ciega al jefe y no a lo que marca la ley. Por eso en este gobierno no hay renuncias ni destituciones.

Son compas.