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Roberto, la semana pasada supe que te quiero mucho —le dije a Chespirito cuando lo saludé. ¿Por qué dices eso? —me interrogó. Y le conté: manejaba mi coche con el radio encendido sintonizado en una estación donde dieron la noticia de tu muerte. Sentí que el estómago se me revolvía y un temblor invadió mi cuerpo. Estacioné el auto y me puse a llorar. Las lágrimas duraron poco. Uno de los dos conductores del programa de radio le aclaró al otro que había habido un error, el fallecido era don Enrique Alonso “Cachirulo”. Me tranquilicé.

Y no es que a mi el señor Alonso me cayera mal, pero lo vi tres o cuatro veces en la vida; en cambio con Roberto tuve la fortuna de cultivar una gran amistad.

La anécdota de la que hago referencia sucedió hace 10 años, en el tiempo que fuera presidente de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) el dramaturgo, también fallecido, Víctor Hugo Razcón Banda, quien, durante el tiempo de su gestión, nos reunía, cada mes, en una comida a la que asistíamos los dos finados, el que escribe, Antonio Ferrer, Xavier López “Chabelo”, César “El Pollo” González y Mauricio Kleiff —otro que se nos adelantó.

Durante esas comidas reafirmé con Roberto una amistad que se había iniciado en el año de 1972.

Síganme los buenos

Con éste título publiqué en El Economista, el 1 de marzo del 2012, una columna dedicada a Roberto Gómez Bolaños, con motivo de un homenaje que se tituló: “América celebra a Chespirito”. Reproduzco parcialmente lo que en aquella ocasión escribí, con la salvedad que al aludir a mi buen amigo lo haré en tiempo pasado.

Roberto Gómez Bolaños nació y creció —no mucho, sólo un metro con 60 centímetros— en la colonia Del Valle. Quedó huérfano de padre a los seis años. Su madre, ejemplar mujer, sacó adelante a sus tres hijos mediante su trabajo como secretaria bilingüe.

De su padre, gran dibujante y pintor, heredó la sensibilidad artística; de su mamá, la disciplina para trabajar con ahínco, el carácter para enfrentar la adversidad y la alegría por la vida.

Roberto no concluyó sus estudios de Ingeniería en la UNAM, sus inquietudes lo llevaron a solicitar un empleo como redactor de textos en una agencia de publicidad. Como la escritura y la composición gramatical siempre se le facilitaron, cumplió en su empleo con solvencia. Su chamba —le dijeron— incluía escribir los diálogos para el programa de radio en el que actuaban Viruta y Capulina. (¿Quiénes son esas señoras? —pregunto el bisoño escritor).

Antes de llegar a iniciar lo que más tarde sería su oficio, Gómez Bolaños fue un buen futbolista que, con un poco más de estatura o si se lo hubiera propuesto, podría haber jugado profesionalmente. Cuando se inscribió en la Facultad de Ingeniería destacaba en las reservas del desaparecido equipo Marte, que pertenecía a la Primera División nacional. También sobresalió como boxeador. Ganó, en la división de peso mosca, un Torneo de los Guantes de Oro.

El programa radiofónico de Viruta y Capulina, llamado Cómicos y Canciones, tuvo tal éxito con los guiones de Roberto que fue trasladado a la incipiente televisión, donde en poco tiempo se convirtió en el “favorito de chicos y grandes”. Su autor tuvo la inteligencia de adecuar los chistes verbales de la radio en visuales, como exigía el nuevo medio. La modalidad de comedia física —golpes y accidentes provocados por la confusión— es denominada slapstick, este género para ser bien realizado requiere de rigor y precisión para justificar el golpe o el accidente. Roberto resultó un maestro del género.

En una ocasión, momentos antes de entrar al aire, la producción del programa se percató de que no había llegado un actor del elenco. Roberto se ofreció a suplirlo y así, sin querer queriendo, se hizo actor.

Gracias a su talento y a los guiones de Gómez Bolaños, el éxito de Viruta y Capulina los llevó a protagonizar películas, la mayoría de ellas fue escrita por Roberto, al que un productor cinematográfico, por su habilidad para dialogar, bautizó como Chespirito.

El sobrenombre se le quedó y Roberto lo hizo famoso internacionalmente.

En 1968 Chespirito fue contratado como escritor, actor y director por Televisión Independiente de México (TIM), concesionaria del Canal 8. Ahí tuvo la oportunidad de explayar su creatividad y talento. Primero en un segmento llamado Los Supergenios de la Mesa Cuadrada, posteriormente le dieron su propio programa, donde creó sus entrañables personajes El Chavo del 8 y El Chapulín Colorado, entre otros el programa de Chespirito logró el máximo rating de esa televisora.

Por ese entonces, este textoservidor tuvo la fortuna de empezar su carrera como guionista de programas cómicos con el pie derecho. Fui el escritor de Ensalada de Locos, programa que, a su vez, era el de mayor audiencia en el Canal 2, de lo que entonces era Telesistema Mexicano.

A finales de 1972 se fusionaron ambas televisoras para crear la actual Televisa. Fue en ese tiempo cuando conocí al que ya era un maestro de la comedia. Yo, apenas un aprendiz. Al ser presentados, Chespirito me dijo: “Tenía ganas de conocerte porque he visto cosas muy buenas escritas por ti”. El halago me sorprendió y me satisfizo sobremanera. La alabanza de un consagrado hacia un principiante me hizo comprender que Roberto, además de talentoso, era un generoso ser humano.

A partir de ese momento comenzó a gestarse una amistad que se incrementó con los años. No nos veíamos con la frecuencia deseada, pero cuando nos encontrábamos, la cálida charla se prolongaba. Ésta giraba alrededor de cuestiones de trabajo. Un tema recurrente era el de la angustia ante la página en blanco.

En una de las precitadas comidas mensulaes, Roberto nos platicó la ocasión en que, en complicidad con su palomilla llamada “Los Aracuanes”, dada su facilidad para dibujar, hizo una réplica del letrero de la calle La Morena, sustituyendo el nombre de la vialidad por el suyo. La gente que pensaba haber llegado a la calle de La Morena se sorprendía al darse cuenta de que no estaban en La Morena, sino en la calle Roberto Gómez Bolaños.

Basado en esta anécdota, y a raíz del homenaje que ya mencioné, el señor Emilio Acárraga Jean, decidió que la calle principal en el interior de Televisa San Ángel llevara el nombre de quien, con su talento y trabajo, puso muy alto el nombre de México en el mundo.

Por mi cuenta investigué y supe que la calle de marras fue así llamada porque, antes de que se poblara la colonia Del Valle, era un camino que llevaba a Mixcoac y terminaba justo frente a una casa non sancta regenteada por una señora conocida como “La Morena”.

Desde esta modesta tribuna —escribí en aquella ocasión y lo reafirmo ahora— me atrevo a sugerir a las autoridades y a los habitantes de la ciudad de México que la auténtica calle de La Morena bien puede llevar el nombre de Roberto Gómez Bolaños.

Esto lo propongo por mi cuenta y espero que existan ciudadanos que se unan a mi modesta proposición. ¡Síganme los buenos!

Descanse en paz Roberto Gómez Bolaños Chespirito.