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El déficit económico de Río será mayor a los 7,000 millones de dólares, una cifra enorme para un país que está haciendo fuertes recortes en el gasto social…

El mundo reconoce que el momento de Brasil ha llegado”, dijo Lula en el 2009. Con estas palabras el entonces presidente brasileño celebraba el éxito de Río de Janeiro en la competencia por ganar la sede de los Juegos Olímpicos del 2016. Había arrogancia en el mensaje de Lula, pero entonces no lo parecía tanto. La economía brasileña crecía a una tasa superior a 7% anual y el mundo entero apostaba por el éxito del gigante del Cono Sur. Se había convertido en la economía número siete del mundo y se auguraba que pasaría al top cinco en dos décadas. En el 2009 la Bolsa de Valores brasileña creció 145% en dólares, más que ninguna en el mundo.

Río de Janeiro derrotó las propuestas de Tokio, Madrid y Chicago. Puso en la mesa compromisos que hace siete años valían un poco más de 12,000 millones de dólares. No parecía una cifra imposible para un país que contaba con un presupuesto gubernamental superior a los 600,000 millones de dólares anual. Con el cielo despejado y el viento a favor, a las autoridades brasileñas pareció no importarles un dato: los ingresos derivados de los Juegos Olímpicos no serían superiores a los 5,000 millones de dólares. Este enorme déficit era poca cosa en comparación con el privilegio de poder gritar al mundo: somos grandes.

Brasil sabía entonces que organizar los Juegos Olímpicos era un pésimo negocio. Todo mundo lo sabe, pero no parece importar porque compran algo muy valioso: prestigio. En promedio, los gastos superan en 3 a 1 los ingresos, calcula Andrew Zimbalist, autor de una historia económica de estas competencias. La lógica económica de los Olímpicos es relativamente simple. Los Juegos son organizados por el Comité Olímpico Internacional (COI), un monopolio no regulado que se lleva la tajada del león: entre dos tercios y tres cuartos de los ingresos correspondientes a los derechos de televisión y de mercadotecnia. Al organizador le queda la carga de los gastos y una parte menor de las principales fuentes de ingresos, además de la promesa de un boom turístico y las supuestas ventajas de la atención mundial durante unas semanas.

¿Supuestas ventajas de la atención? No hay control de la narrativa internacional para un país que vive su peor crisis económica en 100 años y está en medio de un terremoto político que derribó a su presidenta. La cobertura mediática de Río 2016 está llena de historias sobre inseguridad pública, pobreza creciente y dificultades de la ciudad para estar a la altura de un compromiso tan grande.

¿Qué balance dejan los juegos para Brasil? Río 2016 no resultó nada de lo que Lula imaginaba hace siete años, pero tampoco se cumplieron los peores augurios que parecían inevitables hace apenas tres meses. La crisis política no contagió los Juegos y no hubo protestas sociales que se desbordaran; la infraestructura deportiva estuvo lista y el brote de zika no impidió la llegada de los turistas.

“La fiesta se acaba y quedará mucha basura por recoger”, escribe un cronista carioca. El déficit económico de Río será mayor a los 7,000 millones de dólares, una cifra enorme para un país que está haciendo fuertes recortes en el gasto social. Lo bueno es que la economía brasileña parece haber tocado fondo. Este trimestre será el último de decrecimiento y a la vista se encuentra una débil recuperación económica. Los Juegos Olímpicos no trajeron la recuperación, pero tampoco ahondaron la crisis.

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