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Xóchilt Gálvez tendría que hacer ver que la próxima elección decidirá el rumbo de México hasta 2050, o más: insistir hasta el agotamiento en que, ese futuro, será tener un sistema de gobierno político parecido al de Estados Unidos, o uno parecido al de Venezuela.

Porque la encuesta de El Universal, de antier, es una mala noticia para la campaña opositora: la candidata del presidente le saca 24 puntos de ventaja a la de la oposición. Sí, apenas arranca la precampaña, pero se trata de un medidor ineludible.

Xóchilt Gálvez tendría que plantear, todos los días de aquí a la elección (y con un par de datos sencillos e irrefutables) que México está peor con Morena: que sólo les va mejor a quienes le regalan lana, pero demostrarles que ésta se acaba. Que es un espejismo.

Pero tendría que hacerlo siendo ella misma, con los ingredientes de la Xóchitlmanía que hace tan sólo cuatro meses revivió a una oposición que llevaba cinco años con la cola entre las patas, hasta que apareció ella con su desenvolvimiento llamativo.

Si Xóchilt Gálvez resultó una buena candidata, tras su irrupción, no fue por parecer una estadista ni mucho menos, sino porque es la candidata que gusta en estos tiempos: espontanea, irreverente, rijosa, sin temor a las formas, y ser todo menos moderada.

Vamos, si por parecer estadista fuera, entonces José Antonio Meade hubiera vencido en 2018: apolítico, capaz, moderado, bien articulado, con excelente proyección en el servicio público, altísimo nivel profesional y transversal ideológicamente.

Si por parecer estadista fuera, quizá ni siquiera en el FAM hubiera ganado Xóchilt Gálvez, ante una política avezada como Beatriz Paredes; un funcionario y legislador experimentado como Santiago Creel; o un político del pedigree como Enrique de la Madrid.

Xóchilt Gálvez es buenísima para estos tiempos porque representa para la mayoría de electores de estos tiempos (indignados, con descontento por la política), lo más parecido en la oposición mexicana de hoy, al estilo directo, simple y populachero, pero emotivo, que llevó al presidente al poder.

Porque, salvo en Estados Unidos con Joe Biden, el populismo nunca ha sido derrotado con perfiles pasivos, sino con perfiles parecidos al de Xóchilt Gálvez. Es notorio que quienes ganan hoy, son inmoderados: Molini, Geert Wilders, Milei…

Xóchilt Gálvez cautivó en su aparición, por ser mujer indígena nacida en la miseria, que se construyó a sí misma: viene de muy abajo, habla y come como el pueblo, anda en bici.

Indígena que se graduó de ingeniera y es empresaria, pero viste como ama de casa y no hace dietas, como los fifís.

O sea, le robó la narrativa al presidente.

Esa es Xóchilt Gálvez, y ésa debe seguir siendo.

Para ser la próxima presidenta.