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Eliminar un régimen populista no es algo sencillo, ni siquiera en el país más avanzado y con una democracia tan acreditada como Estados Unidos.

El error inicial fue haberse permitido caer en esas garras del discurso fácil pero hueco, dejarse envolver en esas promesas incumplibles y en esos mensajes de polarización y odio que provocan cicatrices permanentes en el ánimo social.

Donald Trump no es un buen empresario, pero tuvo la visión de notar ese nicho de mercado electoral de la gente con más rencores que entendimiento, de una población que descarga en los gobernantes toda la obligación de su bienestar personal. Los vio, los entendió, los usó y es el Presidente.

Al menos en Estados Unidos las instituciones impidieron que Donald Trump minara las capacidades de los otros poderes para acumularlo todo en su persona. Habría sido muy difícil sacar a un todopoderoso Trump del poder, como ocurre en otros países menos desarrollados que padecen también el cáncer del populismo.

Donald Trump ya se va. Y se irá en máximo ocho días, puede ser antes si logran echarlo desde un juicio o desde su propio equipo, pero se va.

Lo que se queda es su discurso de odio, sus planteamientos simplones de enorme penetración social. Se queda su radicalización, su racismo y su eslogan de hacer a  “América Grande Otra Vez”.

Joe Biden tiene que reconstruir lo dañado y tiene que hacerlo con un enorme impacto social. Se tiene que notar que el demócrata está haciendo el trabajo.

Porque los populistas son expertos en comunicación y propaganda. Como realmente no creen lo que dicen, lo sueltan con facilidad ante un auditorio ávido de milagros para su causa. Y como Biden es institucional, aparentemente honesto y francamente aburrido, lo que tiene que hacer es marcar una diferencia radical, notable y que convenza desde el principio.

Desde el día uno tiene que poner más dólares en la bolsa de los estadounidenses golpeados por la crisis económica. Desde este mismo mes debe hacer sentir que su estrategia contra el Covid-19 funciona, ahora en esta fase de vacunación.

Debe implementar esas medidas que tanto gustan a los demócratas, que también consiguen apoyo social, como aumentar los impuestos a los más ricos y reestablecer un sistema de salud que fue minado por la obsesión de Trump de destruir todo lo que habían hecho sus antecesores, fuera bueno o malo.

Habrá materias en las que Biden no podrá aflojar tan fácilmente respecto a las políticas del republicano. Sí regresará de inmediato al Acuerdo de Paris de energías limpias, pero no soltará la bandera de confrontación con China y será muy quisquilloso en materia comercial con sus socios del mundo. Aunque sin insultos ni arranques arancelarios.

En materia migratoria no será despectivo con los mexicanos, no seguirá con el muro, pero tampoco lo mandará quitar. Y sí querrá mantener los controles de flujo migratorio quizá con una imagen más humana.

Y definitivamente, los populistas del mundo podrán ser sus rivales, socios o vecinos incómodos, pero no sus amigos.

Pero es un hecho, Joe Biden debe dar resultados rápidos a los estadounidenses para contener y desarticular todo el odio que dejará sembrado Donald Trump.