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La chabacana secuela de la muerte de José José tuvo ayer chispeantes destellos de humorismo involuntario con surrealistas estampas que recuerdan los churros de Juan Orol o la memorable Mecánica Nacional de Luis Alcoriza, pero también, gracias a la siniestra carroza de utilería, a Los locos Adams o La Familia Monster: repatriación de la mitad de las cenizas en un féretro inútil “bañado en oro” a cargo de la Fuerza Aérea Mexicana, su arribo al hangar presidencial (que ni Andrés Manuel López Obrador tiene) y el congruente traslado de El Príncipe de la Canción a un palacio: el de las Bellas Artes.

Estruja el drama familiar plagado de dolor, tumbos, desacuerdos, intereses, arreglos y traiciones de los recientes once días, que solo añaden bochorno a la tragedia que entraña toda muerte, en alto contraste con quien, como el popular cantante con severos problemas de adicciones y salud, tuvo en el terreno profesional un comportamiento marcado por su sedosa voz y fina caballerosidad.

Por mis hermanos y hermanas me enteré de que éramos vecinos (él en Clavería, nosotros en Tacuba) pero, ya lagartones, tuve la oportunidad de conocerlo y tratarlo de manera ocasional cuando él hablaba ya con dificultad y capoteaba las primeras embestidas del cáncer.

Desde su fallecimiento traigo en la cabeza varias de sus emblemáticas interpretaciones, en especial “El triste”, de Roberto Cantoral, que lo catapultó a la gloria, de cuyos versos rescato, por drásticos: Hoy quiero saborear mi dolor/ no pido compasión ni piedad… y que me remiten a poemas de Juan de Dios Peza (“Reír llorando”) y Salvador Díaz Mirón (“A Gloria”).

Me saca lo cursi, pues, y me decepciona que en el homenaje oficial hayan cantado tenores y barítonos que echaron a perder la espontánea naturalidad de los discos originales.

Del titipuchal de crueles memes que su muerte ha generado me hacen reír los de la llegada de las primeras coronas (cervezas) y el del aludido preguntando en el cielo por el Señor que convierte el agua en vino.

En uno más, el mejor, descubrí antier que no sé dónde ni cuándo, en un concierto, el griego Yanni Chryssomallis presentó como una “megaestrella” a mi ex vecino, para quien tomando en cuenta su problemas de voz, compuso “Volver a creer”, y José José, de blanco impecable, cantó prodigiosamente que El mundo es como es/ lo más hermoso es lo que nunca ves/ no es lo que tienes, es lo que das/ lo más simple es lo que vale más…

Como ante la muerte de Pedro Infante (¿qué tal aquél que le pidió a López Obrador se averigüe dónde anda porque no está muerto?), Jorge Negrete, Agustín Lara, Cantinflas, José Alfredo Jiménez, María Félix o Juan Gabriel, gran parte de la sociedad requiere de ídolos, y José José tiene su nicho en los altares de la mitología nacional.

Monsiváis ad líbitum (recuperable en Días de Guardar, a propósito de Raphael): Pero que nadie se asombre. El que esté libre de pósters que arroje la primera piedra…

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