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El gobierno federal está muy complacido porque logró que Estados Unidos aplique un arancel promedio a los autos ensamblados en México de 15% y no de 25% como lo tienen que pagar otros países.

El secretario de Economía, Marcelo Ebrard, no puede hacer nada más que tomar como una buena noticia estos avances ante la arbitrariedad del Presidente de Estados Unidos a quien no le importa lo que diga la letra del acuerdo que el propio Trump presionó para renegociar con México y Canadá.

Tampoco hay nada que festejar porque no todas las armadoras tendrán ese “beneficio” en sus exportaciones y realmente no da ninguna ventaja competitiva a México porque en nada cambia el ambiente de incertidumbre.

Lo que tiene que suceder lo antes posible es definir de una vez por todas si el acuerdo comercial entre México, Estados Unidos y Canadá, el T-MEC, será cancelado o renegociado.

Las decisiones unilaterales y arbitrarias de Donald Trump cerraron el espacio para la revisión del próximo año tal como lo contempla el acuerdo y mientras más tiempo pase para encontrar una salida que le guste al propio Trump, más se prorroga la incertidumbre.

Porque tiene que ser eso, lo que le guste al Donald Trump de este segundo mandato, ante las evidencias de que su propio acuerdo del periodo anterior ya no le llena.

Sí, la principal crisis la tiene Estados Unidos con un Presidente que se comporta con esos tintes autoritarios, que le permiten decidir, por ejemplo, que sí acepta el avión de lujo que le regala el reino de Qatar y que las reglas democráticas de su país, la opinión pública, la clase política y quien se oponga, que le hagan como quieran, porque él quiere su avión.

Por eso no es posible esperar más, México y Canadá deben buscar una renegociación o una cancelación ya.

Evidentemente que ambos países deben echar mano de sus mejores habilidades diplomáticas y políticas para buscar la continuidad de alguna clase de acuerdo en primera instancia.

Pero incluso la certeza de la cancelación es ya una regla clara a la que habría que adaptarse.

Es un hecho que los primeros interesados en tener certezas del futuro comercial de la región norteamericana son los propios empresarios estadounidenses que pierden tanto o más en este ambiente incierto.

Pero también es un hecho que muchos sectores productivos estadounidenses habrán de sentirse envalentonados por la soberbia de su Presidente y buscarán sacar ventajas sobre sus pares mexicanos y canadienses.

Donde podría verse con más claridad es en el sector agroindustrial, porque ahí ha sido sobresaliente la productividad, quizá climática, de los productores mexicanos.

En el caso canadiense, los estadounidenses ya tienen en la mira desde hace tiempo a la industria láctea y silvícola.

Es de esperarse que la administración republicana busque mezclar temas no comerciales en un eventual nuevo acuerdo, como migración o narcotráfico.

Resulta prácticamente inevitable que una renegociación del acuerdo comercial trilateral tendría que resultar ventajoso para los intereses del Presidente de Estados Unidos.

Pero aún así, en el entendido de que estos son tiempos inéditos en el mundo, es mejor tener ya alguna certeza.

Es de esperarse que la administración republicana busque mezclar temas no comerciales en un eventual nuevo acuerdo, como migración o narcotráfico.