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Al final de un formidable y divertido ensayo sobre la basura intelectual (An Outline of Intellectual Rubish), Bertrand Russell ofrece unos trucos de autoayuda contra el dogmatismo personal.

Me parecen en particular oportunos en el florecimiento de dogmatismo que vivimos, nuestro jardín de monólogos irritados.

Para evitar las muchas opiniones tontas o locas a las que la humanidad es tan proclive, dice Russell, pese al dictum aristotélico de que el hombre es un animal racional, no hacen falta grandes hazañas de autocrítica.

Unas cuantas reglas pueden ayudar, si entendemos que las controversias mayores que hay entre seres humanos son las que no pueden resolverse o refutarse con hechos contundentes.

Asumido ese campo de batalla, los remedios contra el dogmatismo de Russell empiezan a tener sentido.

Primero: si te enoja una opinión contraria a la tuya, quizá es porque no tienes buenas razones para pensar lo que piensas. Ponte en alerta antidogmática cuando te enoje una diferencia de opinión. Quizá es que tu punto de vista va más allá de los hechos que la sustentan.

Segundo: una forma práctica de medir el tamaño de tu dogmatismo es frecuentar círculos, o leer textos, de gente que piensa lo contrario que tú. Si la gente (o el texto) que piensa distinto te parece “perversa, mala o loca”, probablemente tú les pareces lo mismo, a lo que sigue una fórmula axiomática: las opiniones encontradas de ambos pueden ser ciertas alguna vez, pero no pueden estar equivocadas siempre.

Tercero: ojo con las opiniones que halagan tu autoestima, la cual, dice Russell, es la mayor debilidad humana frente al conocimiento, empezando por el hecho de que el hombre se siente el centro del universo.

Cuarto: finalmente, mantente atento a los miedos que se esconden tras tus opiniones. Las opiniones, como la magia, son creencias construidas para combatir algún tipo de miedo, a su vez una forma de ignorancia ante los propios riesgos, por la propia debilidad y/o por las fortalezas de otros.

Pocas opiniones tan gobernadas por el miedo, añado yo, como las creencias políticas, pues lo que se juega en ellas en el fondo es quién tiene y quién debe poder, fuente universal de grandes miedos.

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