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Un escritor y periodista español, de paso por México, me hace la pregunta que encuentra flotando en el aire:

Pregunta: Tu país ha conocido un cambio de gobierno. Da la impresión de que quien manda ahora llama por teléfono al que mandó antes. ¿O esta es una impresión del que viene de fuera y ustedes lo ven distinto?

Respuesta: Es una impresión correcta. López Obrador le diseñó el proyecto y el gobierno a Claudia Sheinbaum, le cambió las leyes, la hizo candidata y le nombró los puestos fundamentales, en el gabinete y en el Congreso.

Todos los que están atentos al asunto ven en este proceso una imposición y también ven resistencia.

La tradición política mexicana es que el presidente entrante acaba de echar al saliente. Todos los intentos de gobierno transexenal en México han fracasado, algunos trágicamente. El presidente entrante acaba echando del poder, visiblemente, al que quiere perpetuarse a sus costillas.

Pasó con Lázaro Cárdenas echando a Plutarco Elías Calles en los 1930s. Con López Portillo, deslindándose de Luis Echeverría en los 1970s. Con Zedillo, separándose de Salinas de Gortari en los 1990s.

Muchos esperan que eso haga Sheinbaum con López Obrador. Otros creen que eso ya está sucediendo, por algunos indicios de distanciamiento, particularmente en el ámbito de la seguridad.

Yo no veo ninguna ruptura sustancial, aunque sí una tensión enorme.

Creo que todavía manda el anterior, desde su escondite, en Palenque, un búnker que nadie sabe cuánto cuesta, ni quién lo paga. Aunque lo sabemos todos: cuesta mucho y lo paga el gobierno.

Sheinbaum continúa el proyecto constitucional autocrático de López Obrador, sin moverse un ápice.

Quiere acabar con la división de poderes, concentrarlos en la Presidencia, militarizar la seguridad pública, suspender en delitos claves la presunción de inocencia.

La pieza final está ya en marcha: controlar las elecciones desde el gobierno.

Aún así, es evidente la molestia de la Presidenta con notorios personajes que le han sido heredados en el Congreso, en el gabinete y en gobiernos estatales.

Y hay un campo de tensiones, si no de batalla, entre estos personajes y la Presidencia.