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Hablar de la quiebra de un banco en México nos hace revivir algunas de las peores pesadillas financieras que hemos vivido, sobre todo los que vivimos en carne propia los efectos de la crisis gestada durante el inicio de los años 90 y que estalló en 1995.

La quiebra bancaria de aquellos años fue sistémica, no quedó piedra sobre piedra y la gran mayoría de las instituciones bancarias de entonces quedaron en el cascarón. Lo que hoy podemos reconocer de la banca de aquellos años son simplemente algunas marcas comerciales.

La combinación de una macroeconomía desordenada, una regulación laxa y poco transparente, un otorgamiento de crédito irresponsable, clientes mal calificados y poco entrenados en la cultura financiera, fueron la combinación perfecta para que el sistema quebrara.

La crisis bancaria nos ha dejado una factura económica profunda y de larga duración que todos identificamos con el mote de Fobaproa. La gestación de la crisis y su manejo inicial nos ha dejado muchas dudas razonables sobre las responsabilidades impunes de ese capítulo de la historia financiera mexicana.

Sin embargo, de los aspectos positivos que hay que rescatar de todo eso está la oportunidad que implicó para valorar como uno de los mejores activos del país el concepto de la estabilidad macroeconómica.

Mejores reglas, mayor transparencia, mejores clientes y bancos más supervisados, para evitar que se pudiera desatar otro efecto dominó en el sistema financiero.

La crisis financiera destapada en Estados Unidos por Lehman Brothers en el 2008 nos muestra que se mantiene una carrera entre la supervisión y la creatividad de la avaricia. Sin embargo, ese mismo episodio que dio paso a la gran recesión nos permitió probar la nueva resistencia financiera nacional.

Hoy en México quebró un banco y al sistema no le pasa nada. Vale la pena preguntar a raíz del proceso de liquidación del Banco Bicentenario si no es hora de revisar los mecanismos de otorgamiento de permisos para crear bancos.

Los mecanismos de supervisión y de alerta de la Comisión Nacional Bancaria y de Valores funcionaron de manera oportuna. Lo que no implica que no tenga que echarse mano del seguro de depósito, lo que al final cuesta, así sea con cargo a las cuotas de los propios bancos.

El Banco Bicentenario tiene su origen en una Unión de Crédito de Nuevo Laredo, Tamaulipas. Su peso en el sistema financiero pinta apenas en una centésima entre los bancos y no pasa de ser un pequeño banco local de cuatro sucursales.

Sí, en México, en este 2014, quebró un banco y no pasa nada. Es para la autoridad una oportunidad de simulacro y ajuste de sus mecanismos de detección, comunicación y acción ante un episodio de este tipo.

Los bancos, como negocios que son, corren riesgos si no son manejados de una forma prudente. El Banco Bicentenario aparentemente falló en sus metas empresariales y no encontró la forma de aumentar su capital.

No estamos exentos de riesgos financieros, sobre todo por eventuales movimientos globales. Como sea, en la recomposición de la banca tras aquella crisis de los 90, hoy estamos expuestos a lo que ocurra en Nueva York o Madrid, por ejemplo.

Por lo pronto, el pequeño foco rojo que se encendió en los tableros financieros nacionales permite estar atentos, probar los mecanismos de respuesta y recordar que los sistemas financieros no están a salvo de turbulencias propias de su actividad.