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Ha empezado la segunda mitad del gobierno de Enrique Peña Nieto y algún balance hay que hacer. Mi diagnóstico es conocido: presente pobre, futuro prometedor.

No es mucho diagnóstico, lo sé, porque lo realmente interesante está en el medio: qué sigue, qué podemos esperar del futuro inmediato. No lo sé.

Nuestro futuro inmediato es desde luego la sucesión presidencial, competida y fragmentada como nunca, con un gobierno de logros crecientes y credibilidad decreciente.

Lo que nadie pone en la mesa es qué sigue después de lo que este gobierno ha llevado a las leyes y a las obligaciones del gobierno. Me refiero a su desgastado pero potente paquete de reformas. Desgastado, porque nadie cree en sus resultados de hoy. Potente, porque ha puesto nuevas reglas a la economía y a las instituciones que darán frutos robustos en el tiempo.

Pocos creen esto último, pero nadie plantea cómo corregirlo, nadie propone un horizonte equivalente o complementario de los cambios necesarios que deben ir después o a la par de las reformas de Peña.

La agenda del Pacto por México parece haberse comido toda la imaginación de futuro que había en la democracia mexicana.

Su éxito dejó limpia la mesa de propuestas de aliento. Dejó también desnudos a los partidos de oposición. Estos no hicieron lo que podía rendirles mayores dividendos: exigir a rajatabla del gobierno el cumplimiento de lo pactado.

Fue un acto de lealtad al pacto, y de ingenuidad ante sus posibilidades de sacar ventaja de él. Peña se llevó las medallas de las reformas; sus aliados/opositores no cobraron la tarifa obvia de que no cumpliría, de que no podría cumplir.

En materia de proyectos para el futuro, camino a la sucesión presidencial del 18, no hay sino una tierra movediza de perdedores: el gobierno no da los resultados prometidos, sus aliados no cobran esa falla en su favor. La cobra, en demérito de ambos, López Obrador, cuyo programa es acabar con las reformas.

Resultado: una sucesión presidencial sin propuestas para el futuro.

Hay, sin embargo, muchas ideas y exigencias bien plantadas en la sociedad y en la opinión pública, suficientes para empezar a esbozar una nueva agenda de futuro para México.

Dedicaré la semana a comentar algunas.

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