Pandemia por coronavirus (Cobertura especial)

Que dejen de sonar los mariachis

laura garza

Laura GarzaEnfoque Manual

No entendemos el no, y retamos al sistema porque también nos han educado con el superpoder de la chingonería, es decir, todos y cada uno de nosotros somos tan chingones, que ni el COVID nos alcanza

El color rojo por fin fue reconocido por las autoridades del Gobierno de la Ciudad de México como un alto total a la permisividad en las calles, restaurantes, bares, cafés y todo aquello que no entre en el rubro de lo no esencial.

Recuerdo que muy al principio de esta pandemia se cuestionaba la decisión de las autoridades en clasificar actividades esenciales o no, bajo argumentos que no conocemos, puesto que todos al final de cuentas necesitamos trabajar para ganar dinero y posteriormente llevar alimento a casa, lo cual lo convierte en fundamental.

A casi 10 meses de vivir bajo indicadores de un semáforo, de mantenernos en casa el mayor tiempo posible y de llenarnos de cubrebocas de todos los estilos para poder salir, pareciera que clasificar lo esencial o no, queda de lado.

No hemos hecho caos, la gente ha salido sin importarle al final de cuentas el riesgo, los videos de casos dramáticos en donde hombres y mujeres han muerto aún antes de ser atendidos, tampoco despiertan el pánico y ni mucho menos la precaución en la población.

La imagen que hoy nos comparte la fotoperiodista Sashenka Gutiérrez para la agencia EFE, es un reflejo de lo que sucede en las calles de la capital, un mero desorden obligado solo a confinarse a un espacio aún más reducido con las vallas negras que orientan el ir y venir de los transeúntes.

Mariachi Ciudad de México
En la foto, un mariachi toca su instrumento en calles de la Ciudad de México. Foto de Sashenka Gutiérrez / EFE

 

Los que usan el cubrebocas y los que no, las salidas de aparador, el paseo, el trasladarse de un lugar a otro en medio de tanta gente que se aprieta como si quisiera caminar pegada una a la otra.

Los mexicanos no sabemos de tomarnos en serio los riesgos, porque nos gusta quedarnos en la línea peligrosa y desafiante del si pasa o no. Porque somos como todopoderosos, somos héroes de capa escondida, nos gustan las bromas, el sarcasmo y autoflagelarnos hasta convertirnos en víctimas.

Como lo que sucede hoy, porque aún y sabiendo el peligro del contagio y la muerte propia, le echamos la responsabilidad a los gobernantes que no saben qué decir un día y el otro tampoco. Se nos olvida que ellos encienden el micrófono, pero quien muere y quien no encuentra cama en los hospitales somos nosotros, somos todos, sin excepción.

No entendemos el no, y retamos al sistema porque también nos han educado con el superpoder de la chingonería, es decir, todos y cada uno de nosotros somos tan chingones, que ni el COVID nos alcanza.

Una especie de Chuck Norris pero a la mexicana.

Así es que en esta maravillosa imagen anárquica y un tanto surrealista, vemos al hombre mariachi vestido de blanco, con su trompeta en mano, su cubrebocas de adorno y en su mano izquierda una canasta para recoger la moneda que le den por lanzar unos cuantos ritmos de mariachi, para hacerlos sentir en Garibaldi o para al menos que se acuerden que los mexicanos no nos rajamos.

Él toca un instrumento de viento, el cual funciona por una corriente de espiración y la velocidad del aire podría ayudar a contagiar a la gente a su alrededor, si es que él estuviera ya infectado.

Según recientes investigaciones, los instrumentos de vientos a dos metros de distancia funcionan como una corriente de aire normal, es decir es un riesgo más.

La bici resguardada en la valla pública, que podría ser como el caballo imaginario del que el músico se bajaría para deleitar a su público en las calles.

Pero no, es México y aquí ocurren todas las escenas que pudiera usted no imaginar y las más contradictorias.

La gente está muriendo, se está quedando a la mitad del camino sin aire, no están haciéndose las pruebas porque no tienen dinero, no están siguiendo las medidas de prevención porque les vale, porque somos de la raza chingona.

A partir de mañana la Ciudad de México busca disminuir la movilidad y la velocidad de los contagios. Acá en Monterrey hemos estado en Semáforo Rojo los fines de semana, todos hemos terminado castigados, hartos, exhaustos y con menos ingresos.

El miedo no anda en bici, ni tampoco ataviado de mariachi, el miedo pareciera que no anda con los capitalinos y eso sí que es preocupante.

Más fotos como esta que ilustren no solo el caos de las calles peatonales del centro de la Ciudad, sino su chispeante magia urbana que la mayoría de las veces no se entiende, pero tampoco se cuestiona, así es la capital.

Por mientras, pidamos que dejen de sonar los mariachis.

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