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Si existe un axioma infalible en el arte de la guerra, además de lo que nos enseñó Sun Tzu, reza así: iniciar una guerra es lo más fácil del mundo. Perpetuarla cuesta un poco más de trabajo. Terminarla a satisfacción tiene costos inconmensurables y polifacéticos.

Hace 12 años la nueva Rusia imperial comenzó a realizar sus sueños expansionistas a costa de Ucrania. Tomó la importante posición estratégica, que incluye la base de Sebastopol y decidió así que su crecimiento territorial hacia occidente pasaba por Kiev, no solamente por consideraciones geopolíticas, sino también económicas: Ucrania tiene tierras de cultivo de la mejor calidad imaginable. Además, ahí se encuentran los minerales preciosos indispensables para las nuevas tecnologías.

Los generales de su entorno le vendieron la idea a Vladímir Putin de que la anexión de las regiones étnicas que fueron rusas desde siglos anteriores y expresaban inclinación a Moscú eran pan comido para el arsenal heredado de la URSS: a Putin, después de la toma de Crimea, le dijeron que en dos semanas se acababa el asunto.

Lo que no le contaron —o no se habían dado cuenta— es que la guerra de hoy en día no se hace con trincheras y tanques al estilo de la Segunda Guerra Mundial.

Hasta los narcos mexicanos saben que lo de hoy son los drones. Para inteligencia y para bombardeos. Los artefactos que parecen juguetes para niños y adolescentes son capaces de hacer llegar explosivos potentes hasta las afueras de Moscú. Y esa tecnología no la domina Rusia, aunque la tuviese.

Tiene, oh sí, armamento nuclear, tal vez en demasía. Pero uno no mata a una mosca a escopetazos. Independientemente de que el uso de las temidas armas atómicas despertaría un repudio mundial más intenso del que ahora sufre. Ganando, pierde.

Pierde también aunque acepte el tratado de paz que le proponga Donald Trump y que le significaría anexión de territorios ucranios. Victoria pírrica, nuevamente.

Rendirse no es un verbo que se conjugue en el lenguaje del nuevo zar de todas las Rusias.

Putin se encuentra en un callejón sin salida. La economía de la guerra obedece, como todas las empresas de gobierno, las leyes de la física, en específico, la de los vasos comunicantes. Para que el nivel del líquido en uno suba, en el otro tiene que bajar.

Si se gasta más en balas, necesariamente hay menos para gastar en pan.

Eso lo entienden todos los gobiernos guerreros.

PILÓN PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): Mal puesta, con los platos despostillados, los cubiertos equivocados para cada plato y los manteles remendados, la mesa está servida.

¡Que comience la fiesta!

Puede que le hayan aconsejado a la señora presidenta con A de mujer que no se apersonara en el estadio Azteca para la ceremonia inaugural de la Copa del Mundo, exponiéndose a una rechifla como la que en 1986 escuchó Miguel de la Madrid, mientras la señal mexicana de televisión, controlada para la ocasión por el Estado, disminuía el volumen del sonido de salida para que los mexicanos no se enteraran de lo que ya sabían.

Tal vez tenga problemas más importantes que atender, como defender la soberanía nacional que se llama Rubén Rocha Moya, el hermano del papá de Andy.

Probablemente le hayan informado de los desfiguros de Clara Brugada y Samuel García, quienes no pudieron aportar sedes dignas para presumir, obras públicas rechinando de limpias.

A lo mejor, a doña Claudia Sheinbaum le vale madre el futbol.

O los mexicanos.

Yo qué sé…

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