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Historias de Cartagena:

Al terminar el Congreso de la Lengua Española en Cartagena de Indias, un escritor mexicano compró una maleta para llevarse los muchos libros con que lo abrumaron colegas, instituciones y admiradores. “Llévate sólo los que te interesan”, sugirió alguien. “De ninguna manera”, respondió él. “Podría sucederme lo que a aquel colega nuestro en Cuba”.

Nadie sabía la historia y procedió a contarla:

Un escritor mexicano apreciado por el gobierno de Cuba recibió la invitación a hacer una gira literaria por la isla leyendo textos y contando cuentos. Hizo la gira bajo la tutela diligente de un escritor cubano que lo llevó y lo trajo sin contratiempo alguno por todas partes, resolviéndole todo.

De vuelta en La Habana, en la inminencia de su partida, el escritor mexicano se percató de lo mucho que había recibido de su colega en ese viaje, sin haberle dado a cambio otra cosa que la discutible amenidad de su compañía.

“No sé cómo pagarte, hermano. Lo que has hecho por mí en este viaje no tiene precio. Pídeme lo que quieras”.

El escritor cubano contestó:

“No quiero nada. Sólo que leas mis obras y me digas lo que piensas”.

Al día siguiente llegaron al Hotel Nacional los libros del cicerone. Era un autor prolífico y con algún peso en las editoriales de la Cuba revolucionaria, de tal suerte que el paquete recibido era un tabique de varios tomos con pasta dura.

El escritor mexicano estaba por salir al aeropuerto, cargado de compras y regalos, sin espacio en su equipaje para un alfiler más. No dejó los libros de su cicerone tirados en el cuarto. Con una recomendación profesional de lectura, los puso en mano de una camarera del hotel con la que había cruzado algunas inteligencias literarias, durante su diario cruce matutino.

Poco después, el escritor mexicano recibió una invitación del gobierno cubano, ahora para ser jurado de un premio. En una de las idas y venidas de su nueva encomienda, se topó con su antiguo guía. Lo sorprendió la frialdad terminal de su saludo. Desconcertado, preguntó:

—¿Qué pasa, hermano, no te acuerdas de mí?

El cicerone respondió sin verlo:

—Mi hermana es camarera en el Hotel Nacional.