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¿Un mensaje del Presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos en domingo? ¿Fuera de los horarios de mercado y sin estar meticulosamente programado en la agenda del banco central?

Jerome Powell interrumpió la paz dominical para comunicar que había recibido un citatorio del gran jurado con el pretexto de una investigación por los costos de remodelación de los edificios de la propia Fed.

Y su lectura no puede ser otra que entender el proceso penal como una represalia por no seguir las preferencias del presidente Donald Trump en política monetaria. Pero este banquero central tiene claro su papel: “El servicio público a veces requiere mantenerse firme ante las amenazas”.

Esa salida inmediata del Presidente del banco central estadounidense acabó por ser un búmeran, porque le quitó al Ejecutivo el arma del secreto y obligó a los mercados a tomar partido por la institucionalidad.

Powell ganó esa partida con su posición de no dar un paso atrás en su trabajo, que se define con datos y no con caprichos, así sea al costo de un proceso penal.

Y aunque deja la presidencia de la Fed en mayo próximo, manda el mensaje a quien le suceda de que no puede verse simplemente con un peón presidencial.

No deja de llamar la atención que mientras en Estados Unidos se libra una guerra abierta por la autonomía del banco central, en México hay una paz sospechosa del Banxico que ahora empieza a perder su principal activo: la confianza.

No puede pasar desapercibido el comentario de Ernesto Revilla, economista en jefe para América Latina de Citi, quien en estos días advirtió que el Banco de México “ha perdido algo de credibilidad”, porque este 2026 será el sexto año consecutivo en que la inflación queda fuera del objetivo puntual de 3.0 por ciento.

Ese enfoque más flexible que han adquirido la mayoría de los integrantes de la Junta de Gobierno, todos los designados por este régimen, coincide con las necesidades de la administración actual y se aleja claramente de la ortodoxia que caracterizaba al Banxico.

La meta inflacionaria del banco central es 3.0%, la cantaleta adicional del más-menos 1% es válida sólo como un rango de tolerancia hacia el objetivo, no es una licencia para la mediocridad monetaria.

El Banco de México no se tiene que coordinar con la Secretaría de Hacienda, las metas fiscales deben ajustarse a la realidad monetaria, cuyas políticas se deben definir de manera legítima y autónoma sin dar una apariencia de subordinación.

Mientras Powell entiende que la autonomía se ejerce bajo fuego, así sea del mismo Donald Trump, en México la autonomía parece haberse convertido en un concepto meramente decorativo, que deja de ser ancla de estabilidad para ser facilitador del gasto público.

Que en los mercados se hable de la pérdida de credibilidad del Banco de México es algo más grave que seis años sin cumplir con su meta, eso corre en contra de la confianza en uno de los pilares que dieron a México una estabilidad macroeconómica durante 20 años.

El ejemplo de Jerome Powell nos recuerda que un banco central no existe para ser popular, sino para ser creíble.