Minuto a Minuto

Nacional SSPC se suma a búsqueda del maestro Leonardo Escobar, desaparecido en NL
El secretario Omar García Harfuch detalló que "ya estamos apoyando a las autoridades de Nuevo León" en la desaparición del maestro Leonardo Escobar
Entretenimiento Las bodas con personajes ficticios e IA ganan popularidad en Japón
La fictosexualidad, entendida como la atracción sexual de los humanos hacia avatares, es una tendencia creciente
Nacional Mexicano muere bajo custodia de ICE en Georgia; SRE pide esclarecer los hechos
El Consulado General de México en Atlanta lamentó la muerte del mexicano y pidió a EE.UU. esclarecer el hecho
Internacional ¿Qué tiene Groenlandia que la hace tan atractiva para Trump?
Groenlandia, con una superficie de 2.1 millones de kilómetros cuadrados, contiene una gran variedad de recursos naturales
Nacional Metro CDMX opera con retrasos en 6 líneas
La mañana de este viernes 16 de enero se registraron retrasos en al menos seis líneas del Metro CDMX

Un buen alegato histórico que hay en el segundo tomo de la biografía de Porfirio Díaz, escrita por Carlos Tello, es que, lo que hoy vemos como épocas separadas, muy distintas entre sí —la luminosa República Restaurada de Juárez y Lerdo (1867-1877) y el oscuro Porfiriato (1878-2010)— tienen más vasos comunicantes de lo que se piensa.

La narrativa minuciosa de Tello exhibe una profunda continuidad de problemas, obsesiones y conductas. Al menos en dos aspectos claves, el Porfiriato fue no solo la continuación de la República Restaurada, sino su solución.

Un aspecto clave de aquellos años era pacificar el país. El otro, hacerlo gobernable. Ambos debían resolverse para imponer el proyecto de modernización liberal: ferrocarriles, privatización de tierras comunales, equilibrio fiscal. Lo que hoy llamaríamos globalización y neoliberalismo.

La obsesión de Juárez y Lerdo fue fortalecer al presidente, quitar peso a los estados y al Congreso, neutralizar a los inconformes, centralizar el poder. Nunca lo lograron. Sus gobiernos recurrieron una y otra vez de los poderes de excepción, típicos de tiempos de guerra. El ejercicio de tales poderes, que para los contemporáneos era una dictadura, tuvo efectos contrarios. Lejos de consolidar los gobiernos de Juárez o Lerdo, exacerbaron las inconformidades, que solían terminar en revueltas.

Juárez quería una reforma del poder que le diera poder al presidente, entre otras cosas, para reelegirse. Murió antes de lograrlo. Lerdo intentó lo mismo, y fracasó también.

Porfirio Díaz enfrentó los mismos problemas de gobernabilidad que Juárez y Lerdo, con los mismos instrumentos débiles, pero fue él quien encontró la fórmula que los otros buscaban: fortalecer el poder central para poder gobernar y modernizar el país.

En algo se parecen los presidentes de la democracia mexicana del siglo XXI a los de la República Restaurada. Nuestros últimos presidentes nunca encontraron la forma de gobernar el país para modernizarlo ni pudieron vencer su violencia.

En la elección de 2018, los electores le dijeron adiós a estos gobiernos frágiles y restituyeron, democráticamente, la figura predemocrática de un presidente fuerte, sin contrapesos.

La pregunta es si ese presidente fuerte fracasará, como Juárez y como Lerdo, ante los encanijados dilemas de su tiempo, o si será la solución, como Porfirio Díaz.