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Ya está aquí. Imposible no darse cuenta. Por los aires, siete helicópteros lo transportan en trayectos largos. En tierra, hay un esquema de seguridad muy suizo: toda discreción y eficiencia. Hay protestas, pero no multitudinarias. Se necesita dinero para hacer activismo en Davos. Un refresco y un sándwich cuestan el equivalente a 500 pesos mexicanos en un restaurante sencillo. No se consigue hospedaje por menos de 15,000 pesos la noche. Imposible dormir a la intemperie: las temperaturas están por debajo de -6 grados centígrados.

Donald Trump no viene a disculparse, ni tampoco a enfrascarse en discusiones. En la cena de bienvenida, con grandes empresarios, estuvo de buen humor y, según The Guardian, habló de temas tan trascendentes como los tenis que diseñó Kanye West para Adidas. Su conferencia será otra cosa. Ha trascendido que viene a hablar de sus éxitos en el gobierno. Le interesa sembrar el mensaje de que lo que es bueno para Estados Unidos es bueno para el resto del mundo. De paso , ajustará cuentas con dos fantasmas: el líder de China y Barack Obama.

Hace un año, Xi Jinping ocupó la tribuna principal del World Economic Forum para decir a la élite global: “si Estados Unidos abdica de su papel como campeón del libre comercio, China está listo para llenar ese vacío”. Donald Trump tiene una respuesta. La adelantó en Davos, el martes, a través de su secretario de Comercio: “Con China hay que distinguir entre lo que dice y lo que hace. Tiene una larga historia de problemas con sus socios comerciales”.

Obama nunca vino al Foro de Davos. Quizá eso haya motivado a Trump para agendar su gira al pueblo alpino. El afán para hacer las cosas de manera diferente a su predecesor es parte de su estilo de gobierno. No está claro si al republicano le importa lo que el mundo piensa de él, pero las encuestas indican que es impopular. La última encuesta de Gallup indica que la aprobación del trabajo de Trump es de 30% en promedio, en 130 países. La de Obama, en el 2016 era de 48 por ciento.

Con la élite que viene a Davos, no le va tan mal al presidente estadounidense. En todo caso, podemos hablar de ambigüedad. En público toman distancia de él, pero hacen las cuentas y terminan admitiendo que ha sido bueno para sus negocios. Les beneficia la reforma fiscal, pero también la desregulación. Ha quitado controles a las industrias extractivas y promete “liberar” al sector financiero de las ataduras que le impusieron después de la crisis del 2008. Que nadie se confunda: eso es música para los oídos de los que dirigen las grandes empresas y para los billonarios. Después vendrá el diluvio, advierte el Nobel Stiglitz, pero casi nadie lo oye en Davos. Las montañas están muy altas.

Trump es uno de los Davos Men, pero diferente. Su defensa del proteccionismo tiene poco que ver con el credo liberal que aquí se profesa. Qué decir de su incorrección en temas delicados, por ejemplo, la patanería con las mujeres; su ceguera respecto al cambio climático y su estilo impulsivo de gobernar.

Si la relación de Donald Trump con la élite empresarial es ambigua, con los líderes políticos es francamente mala. No les gusta su estilo personal de gobernar ni su falta de voluntad para coordinarse. La edición 2018 del WEF ha sido una pasarela de críticas a Trump. Éste no es indiferente y tiene una piel muy sensible. Veremos su respuesta en la conferencia de cierre del Foro. ¿Venganza o reconciliación?

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