Por el bien de México


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Manuel AjenjoEl Privilegio de Opinar

Su padre fue un destacado publicista en los tiempos en los que se definía: “un publicista es una persona con 15 por ciento de comisión y 85 por ciento de bluf”. Él supo cambiar el giro familiar cuando las agencias de publicidad, como tales, dejaron de ser el gran negocio. Invirtió la profusa herencia paterna en bienes raíces y franquicias. Ahora tiene mucho dinero. Ignoro a cuánto asciende su fortuna, sólo sé que es cuantiosa. Vive, a todo lujo, en Cuernavaca, Morelos, con su tercera esposa y su hijo del segundo matrimonio —de ella—. Tiene un hijo y una hija mayores, el júnior soporta los calores —de esta temporada— y el smog —de siempre— en la CDMX, al frente de los negocios; la hija vive en Barcelona, España, con su madre —de ella—.

Su padre fue un destacado publicista en los tiempos en los que se definía: “un publicista es una persona con 15 por ciento de comisión y 85 por ciento de bluf”. Él supo cambiar el giro familiar cuando las agencias de publicidad, como tales, dejaron de ser el gran negocio. Invirtió la profusa herencia paterna en bienes raíces y franquicias. Ahora tiene mucho dinero. Ignoro a cuánto asciende su fortuna, sólo sé que es cuantiosa. Vive, a todo lujo, en Cuernavaca, Morelos, con su tercera esposa y su hijo del segundo matrimonio —de ella—. Tiene un hijo y una hija mayores, el júnior soporta los calores —de esta temporada— y el smog —de siempre— en la CDMX, al frente de los negocios; la hija vive en Barcelona, España, con su madre —de ella—.

El pasado sábado me invitó a comer a su casa de “cuerna” —como se le decía a la capital morelense cuando la gente bonita pasaba en ella el “fin de semana”, ahora que a éste sólo se le dice “fin” es más nice ir a Valle (de Bravo)—. Originalmente la invitación fue para el domingo, pero me excusé con la verdad: es el único día de la semana en el que convivo con mi hijo Emilio. Me cambió la cita para el día anterior. Anímate, ándale —me expresó, con la vehemencia que tenía su padre para vender campañas publicitarias—, la vamos a pasar bien, tenemos mucho de que hablar. Inventé el pretexto que ya no manejo en carretera. ¡Cómo! —me dijo incrédulo— todavía hace un mes manejaste hasta Acapulco, según escribiste en tu columna. Bueno sí, pero lo hice de día —me defendí—. Ya no manejo de noche. Por eso te estoy invitando a comer —reviró— no a irnos de putas.

El caso es que viajé a Cuernabache. Durante el trayecto pensé en lo dicho por mi convidante: “tenemos mucho de que hablar”. La última vez que nos vimos fue en diciembre del año pasado, ocasión en la que me exhortó a votar por José Antonio Meade, “por el bien de México”, me dijo. Yo le contesté que el PRI no era México. Que aún no tenía definido mi voto. Eso sí, le aseguré, de los cinco candidatos con el único con el que, con gusto, me tomaría un café sería con Meade. Entonces, francamente no te comprendo; creo que tú no entiendes a nuestro país porque eres criollo —me espetó con una dosis de desprecio como si él fuera descendiente directo de Nezahualcóyotl y Azacalxochitzin, tal era el nombre de la esposa del rey poeta—.

En la residencia de mi amigo, su asistente me condujo hasta la palapa, junto a la alberca, donde mi anfitrión me esperaba con su inseparable compadre, abogado y huele pedos —no necesariamente en ese orden—. Le dije al abogado —explicó el propietario de la casota— que no trajera a mi comadre, la comida es sin esposas porque no somos presos. El compadre se rió del pésimo chiste del dueño de la finca. Yo permanecí en silencio porque este chiste lo dice desde antes de casarse. Es que cuando traes freno de mano —“novedosa” forma de referirse a la esposa según el compadre de mi amigo— uno se inhibe porque como ellas no dicen groserías. Será tu esposa la que no dice groserías, la mía si se queda en casa es cuando más groserías dice —traté de hacer un chiste del que el anfitrión no se rió y, por ende, tampoco su lambiscón de cabecera—.

La comida excelente, los compadres tomaron un vino blanco Chablis, yo me abstuve. Delicioso el postre, ellos ni lo probaron, se siguieron con el vino y vino el tema obligado: la política. Me sorprendió que aquel que hace seis meses dijera que por el bien de México había que votar por Meade, ahora, por el mismo motivo, afirmara la necesidad de votar por Ricardo Anaya. Ya ni chingas —me reclamó— en tu columna del martes te le fuiste a la yugular a Anaya. Te digo, compadre —estimulado por el Chablis subió el tono el abogado-lamehuevos— este cabrón es chairo. Manuel, amigo querido, no cometas pendejadas —tartajeó el terrateniente convidador—. No votes por López Obrador, va a acabar con el país. No se vale atacar a los empresarios, a los que invertimos, a los que creamos empleos. Por el bien de México, el voto útil, el voto razonado, tiene que ser por Anaya.

Les expliqué que aún no he decidido mi voto. Y que a propósito de razonamientos pensaran que el arrastre popular de Andrés Manuel tiene un origen ineludible: el hartazgo social; la desilusión por los gobiernos demagógicos; la infinita corrupción y la interminable impunidad; las ganancias insaciables de los que se dicen empresarios que sólo han pensado en sus intereses personales por encima del bienestar mínimo colectivo. Esos y otros factores que deben analizarse si se quiere entender al país en el que vivimos han sido el caldo de cultivo del que se ha nutrido el lopezobradorismo incontenible.

Ahora bien —quise cambiar de tema—: ¿saben quién es un auténtico peligro para México? Juan Carlos Osorio.

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-Oficial, le juro que mi marido murió por un golpe de calor.

-Lo sé, señora, ahora suelte la plancha lentamente y suba las manos.


  1. Cuando los robots nos alcancen (II)

    Retorno al tema que dejé inconcluso el pasado martes: La robotización y automatización de los empleos que en los próximos 15 o 20 años, según predicciones de los académicos de la Universidad de Oxford, Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne, reunidas en el libro ¡Sálvese quien pueda! del escritor argentino y periodista Andrés Oppenheimer, causarán en el mundo un desempleo, aproximadamente del 47%. El escritor Oppenheimer, coganador del Premio Pulitzer en 1987 junto con el equipo editorial del diario The Miami Herald, por el descubrimiento del escándalo Irán-Contras, también comunica experiencias propias y de otros estudiosos de la materia, lo que hace de su texto un libro muy interesante.

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