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En pocos momentos la fuerza pura de la política es tan clara como cuando un Presidente cambia a sus colaboradores. Es un acto puro de dar y quitar poder.

Lo hace por la más dura de las razones políticas: porque puede, porque tiene la facultad de decir quién va a tener poder y quién va a dejar de tenerlo.

Hay la anécdota de aquel secretario del presidente López Portillo que al verse renunciado le preguntó: “¿Por qué me quitas?”. Según la anécdota, López Portillo habría respondido, con acerba pedagogía: “Por la misma razón que te nombré”.

Nombrar y remover libremente a sus colaboradores es un poder que otorga a los presidentes mexicanos la Constitución. Pueden nombrar y cesar sin restricciones, como hizo el presidente Peña la semana pasada.

Otra cosa es que el elegido pueda cumplir con lo que le encargan, que sea el mejor para el puesto y que la decisión sea la correcta. Muy otra cosa es que las decisiones convengan a la República.

Peña Nieto nombró y removió secretarios de Estado sin cambiar de cartas. Fue un reacomodo de sus confianzas más que una renovación de personal.

Pero el reacomodo vale por una oferta política nueva. Los que estaban en ejercicio del poder y de la confianza del Presidente, lo siguen estando, solo que en posiciones cualitativamente distintas.

Eran parte de un gobierno deprimido, sin respuestas, sin candidatos creíbles o con candidatos desgastados para la sucesión de 2018.

Ahora son parte de un gobierno en movimiento, con nuevos precandidatos presidenciales que a la vez compiten con y protegen a los que ya estaban ahí.

Ha empezado el juego de la sucesión desde la Presidencia y dentro del PRI con las mismas barajas, pero en un reparto del juego que lo renueva y lo amplía, le añade incertidumbre y brío.

El efecto inmediato es refrescante, abre el juego del Presidente camino a su sucesión y abre la puerta a sus posibles sucesores, haciéndolos a la vez visibles y vulnerables.

La ampliación del juego en un solo golpe de mano recuerda también a todos que, por desgastada que esté o parezca la figura presidencial, hay poderes que conserva intactos, que solo él puede ejercer y no comparte con nadie, en particular con los adivinadores de sus intenciones.

(Mañana: La sucesión)

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