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He leído el Plan México y las palabras de la presidenta Sheinbaum al presentarlo.

Me gusta. Es ambicioso, pone metas difícilmente alcanzables, pero medibles, y mira al lugar correcto para México: la prosperidad como fuente de bienestar.

El eje del plan, entiendo, es lograr una ampliación sustantiva de los beneficios del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá.

La presidenta Sheinbaum describió ese tratado con palabras que suscribirían sus autores originales:

Ha demostrado ser uno de los mejores tratados comerciales en la historia: ha beneficiado a los tres países, a Canadá, a Estados Unidos, a México. Ha beneficiado en términos de empleo, ha beneficiado en términos de crecimiento económico, ha beneficiado en términos de crecimiento de mercados regionales y, además, es la única manera en que podemos competir con los países asiáticos, en particular con China.

La mayoría de las propuestas del plan tiene que ver con aprovechar el tratado comercial norteamericano. Si esto se hubiera propuesto y llevado a cabo el gobierno anterior, México estaría ya, probablemente, en el lugar mundial que quiere alcanzar la presidenta Sheinbaum. Si el gobierno anterior no hubiera desmontado las piezas que desmontó camino a la prosperidad de México, estaríamos quizá en un lugar más alto.

En este sentido, el Plan México puede verse como una iniciativa de recuperación del tiempo perdido.

Se pregunta Carlos Ramírez F. (@CarlosRamirezF):

“¿Cómo se vería el Plan México + NAIM + Reforma energética 2013 + Poder Judicial autónomo + Proméxico + Organismos autónomos + Administración pública fuerte + Fondos de estabilización + Finanzas públicas sanas?”

Creo que se vería no sólo viable, sino espectacular.

La debilidad del plan es el supuesto de que el Estado podrá invertir al ritmo y en las cantidades que el plan requiere.

Supone, por ejemplo, que el Estado será un buen socio de la inversión con la CFE teniendo el 54% obligatorio de la generación eléctrica.

La tuerca ideológica que aparece aquí y allá en el plan es que el Estado cree que puede ser no sólo rector de la Economía, sino también un productor competitivo, siendo a la vez el que manda sobre los productores. Todo eso, en el entendido de que, si se equivoca, vuelve a mandar.