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Suena como un relato apocalíptico que el país que hace una generación se preparaba para administrar la abundancia petrolera hoy tenga planes para importar petróleo ante la caída de la producción local. Pero así es.

Y como para llegar al capítulo del Armagedón, el relato habla de una autosuficiencia con posibilidades exportadoras del que solía ser el mercado más sediento de hidrocarburos del mundo, el de Estados Unidos.

Si esta realidad se la hubieran planteado a López Portillo, seguro se atacaba de la risa. Pero si los que han gobernado desde entonces y hasta la primera parte de este siglo lo hubieran tomado como una posibilidad real, seguro habrían llevado a cabo la reforma energética que apenas se logró.

Sin embargo, las reformas llegan lo suficientemente tarde como para poder impedir algo que está a punto de resultar inevitable: convertir a México en un país importador de petróleo crudo.

Desde los gobiernos, tanto priístas como panistas, se acabaron a Petróleos Mexicanos. Lo explotaron hasta el cansancio para dotar de recursos al gasto público sin tomarse la molestia de llevar a cabo una reforma fiscal que respetara a esa gallina de los huevos de oro.

Fue este gobierno, y habrá que reconocérselo siempre, el que logró una gran reforma energética. Aunque también habrá que reclamarle siempre que renunció a acompañar el cambio energético con una verdadera reforma fiscal.

Pero los resultados de los cambios recién logrados todavía van a tardar mucho tiempo en arrojar su primer barril o su primer kilowatt y el déficit petrolero ya está aquí.

Entonces, si la producción de petróleo sigue en picada en México y las necesidades de consumo crecen, de algún lugar tiene que salir ese faltante.

Son 140 mil barriles diarios menos los que se producen en México en este año, lo que afecta la capacidad de refinación de petrolíferos como las gasolinas. Hay capacidad instalada, pero no hay materia prima.

La decisión ante la coyuntura de precios a la baja parece ser no afectar la ya mermada exportación para cubrir la demanda interna, sino recurrir a la importación del petróleo ligero necesario para la refinación, crudo que por cierto es el de más alto valor y menor producción en México.

En términos muy simples, el petróleo ligero se refina más fácil y está a buenos precios en el mercado exterior.

Por eso cualquier sábado por la noche de estos saldrá algún boletín para informar sobre la importación de petróleo, por primera vez en la historia contemporánea mexicana.

Es tan delicado y vergonzoso el tema que los funcionarios que confirmaron la inminente importación de unos 100 mil barriles diarios de crudo ligero pidieron mantenerse en el anonimato. El destino nos alcanzó al menos en la coyuntura de pagar menos por las importaciones.

Lo cierto es que los actuales responsables del sector energético pueden tener la cabeza en alto porque es esta generación de funcionarios públicos la que logró el cambio negado durante tanto tiempo en este país.