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¿Qué dato económico podría presumir este régimen ante la evidencia de un estancamiento con inflación? Las remesas se levantaron del prolongado bache en marzo pasado con su resultado histórico de 5,394 millones de dólares, pero deberían repetir hasta el cansancio que estos flujos no son un logro económico, sino la muestra del fracaso al expulsar a tantos mexicanos de su país.

Si quieren presumir el aumento del salario mínimo, primero, feliciten a las empresas que lo pagan y después que hagan un careo con los precios de los productos básicos para ver qué tanto pierden cada quincena los asalariados.

Seguro querrán mantener la presunción de la baja de desocupación y su tasa histórica de 2.7%, sólo que resulta muy difícil esconder bajo la alfombra ese 54% de informalidad laboral que sostiene a México.

Y, claro, siempre queda el campeón de los datos de la mediocridad de la gestión económica de la autollamada Cuarta Transformación: el “Súper Peso”. Usar al peso como símbolo patrio ha sido un recurso populista desde la segunda mitad del siglo pasado que este régimen ha utilizado ante la carencia de cualquier otro resultado medianamente aceptable en la gestión económica.

Para fortuna de las finanzas públicas, la moneda mexicana tuvo una transformación profunda desde finales del siglo pasado; dejó de ser un lastre fijo para flotar con libertad y, de hecho, tomar un lugar determinante en la gestión de las divisas emergentes.

No fue una decisión política mantener al peso apreciado, pero de manera interna mucho ha ayudado a la fortaleza cambiaria la salud macroeconómica, el robusto comercio internacional y un diferencial de tasas de interés que hacían de carry trade un juego de mercado con rendimientos altos y seguros.

Hoy, los posibles elementos internos que pudieron haber sostenido al peso se diluyen; algunos, como el diferencial de tasas de interés están prácticamente borrados.

Otros, como la salud macroeconómica, enfrentan hoy cuestionamientos en una economía de bajo crecimiento y altos requerimientos financieros, como lo costoso que ha salido transferir recursos a Pemex, que no deja de perder dinero.

Y en la parte comercial, México será un socio importante de Estados Unidos, con diferentes escenarios de relación contractual con aquel país, pero el país ha dejado de atraer inversiones productivas y eso le costará en la calidad y cantidad de manufacturas.

Entonces, el resumen del peso mexicano es hoy así de simple: el peso no es una moneda fuerte, sino que el dólar es una divisa débil. Y esta ecuación no lleva el resultado al mismo lugar.

El riesgo de una depreciación acelerada es real y sus consecuencias internas podrían ser manejables si todo se mantiene en el terreno de un ajuste de precios financieros. Pero si interviene la psicosis social, porque nos han vendido al peso como símbolo nacional, se podrían generar profecías autocumplidas: más inflación y una desconfianza sistémica entre los agentes económicos.

No hay que hacer nada en contra del peso, simplemente basta con que el dólar recupere su brillo global, que la Reserva Federal mantenga una posición monetaria restrictiva, o que los mercados decidan que el premio por invertir en México ya no compensa el riesgo institucional y, entonces, llegaría el ajuste y difícilmente sería gradual.

El peso no es una moneda fuerte, sino que el dólar es una divisa débil. Y esta ecuación no lleva el resultado al mismo lugar.