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Uno de los mayores retos hoy día es actuar a partir de una nueva realidad. Esto no sólo se refiere a la política, sino a todo lo que nos rodea. El hecho que lleguen gobiernos disruptivos con amplio apoyo popular y que preserven buena parte de ese respaldo, a pesar de los pésimos resultados, dice mucho de una sociedad muy diferente a la del pasado. Los populismos tienen una fuerte carga emocional que se alimenta de la polarización y es allí donde se encuentran muchas de las explicaciones.

Desde luego que la economía continúa siendo una fuerza poderosa en la conformación de valores, opiniones y conductas. No es desdeñable el impacto que tienen sobre millones de votantes las transferencias monetarias directas que les hace el gobierno federal. Esa es una nueva forma de clientelismo que haría palidecer cualquier precedente al respecto. Además, mucho tiene que ver la narrativa que acompaña a las decisiones de gobierno y que es conformada por imágenes y símbolos que refuerzan la adhesión al régimen.

Por ello, para entender la nueva realidad, así sea EU, Europa o México, es preciso pensar fuera de la caja, lo que significa revisar muchas de nuestras premisas y prejuicios sobre el poder, el gobierno y la sociedad. No se trata de invocar un nuevo pragmatismo o dar por muertos los valores propios de la democracia liberal; es algo más complicado: revindicar en la nueva circunstancia los valores fundamentales asociados a las libertades políticas y, desde luego, al ejercicio democrático del poder.

Salir de la caja obliga a pensarse en los nuevos términos de la realidad. Los partidos han dejado de ser nuestros representantes como los articuladores del debate público en la disputa por el poder. Es preciso dar vista a la sociedad tal como es, sin idealizar ni estigmatizar. Entenderla en su complejidad dinámica que mezcla identidades, emociones y anhelos en el marco de una nueva forma de convivencia, de comunicación y acceso a la información.

El país enfrenta un reto mayúsculo a partir de tres temas que deben incorporarse en la ecuación: la deriva autocrática, la poderosa amenaza del crimen organizado y la nueva relación con el país vecino al norte. Todo llama para repensarnos, lo que, por ahora, no parece suceder al menos en la política.