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Sabemos bien que el premio Nobel de la Paz es el más desprestigiado galardón de los que, desde 1901, otorga cada año una combinación del Instituto Nobel sueco, el Karolinska Institutet (ligado a la universidad de ese nombre) y el comité noruego específico. El de la Paz lo decide el comité de Oslo. Eso es asunto de ellos y del legado que dejó Alfred Nobel, el inventor de la dinamita, para premiar a los que se distinguen por sus logros en cuestiones médicas, físicas, químicas, literarias, más recientemente económicas, y pacifistas.

Nadie discute el galardón que se otorga a investigadores médicos, fisiológicos, económicos, físicos o químicos. En lo de literatura surgen anualmente los nacionalismos de corral, pero se cuestiona menos a un escritor armenio o a un húngaro hasta el momento poco publicado. El premio Nobel de la Paz es diferente: si bien todos los demás están de alguna manera atados a la geopolítica (ahora hay que premiar a un africano, ahora a uno de Oceanía, ya le toca a Europa), el premio Nobel de la Paz es de dudosa raigambre fina.

El entregado este año a María Corina Machado —venezolana ella, y encumbrada por el fraude electoral de Nicolás Maduro como lideresa de la oposición en su país engañado— era una distinción que ostensiblemente deseaba el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. Su discurso público fue muy claro. Sin sustento alguno, Donald Trump afirmó haber acabado —en un año de gobierno— con ocho guerras en el mundo mediante su intervención autoritaria; incluyendo sin rubor el conflicto de la Franja de Gaza y la invasión rusa de Ucrania, que hasta el día de hoy siguen contabilizando muertos y hambrientos.

Los del comité en Oslo decidieron por Corina, quien tuvo que salir de su país, en donde se encontraba en la clandestinidad, para no llegar a recibir la medalla y el jugoso estipendio que incluye, de once millones de coronas suecas, que al día de hoy equivalen más o menos a un millón de dólares. Medalla, diploma y cheque fueron recibidos por la hija de la premiada; ella acudió uno o dos días más tarde. Lo cual es irrelevante.

Lo trascendental del asunto es que la semana pasada María Corina Machado solicitó y obtuvo audiencia con el presidente Trump para hacerle entrega a él de la medalla que el comité noruego le había otorgado a ella. Acto que los escandinavos —y no solamente ellos— consideran impropio, amoral y contrario a la esencia de esa condecoración.

Es difícil adivinar el futuro de Venezuela después del secuestro de Maduro, conservando la dictadura y su estructura sólida. Eso es cuestión que los venezolanos debieran decidir, y es claro que no todos los venezolanos eran contrarios al chavismo; así lo expresaron en las elecciones que, perdiéndolas, Maduro se robó. De lo que no queda duda es que la señora Machado hizo muy poco favor a su causa con el gesto de la Casa Blanca, a la que entró ciertamente por la puerta de servicio.

PARA LA MAÑANERA (Porque no me dejan entrar sin tapabocas): A dos semanas de distancia, las calles de Minneapolis, Minnesota, siguen violentas. Las acciones represivas del cuerpo antimigrante ICE en busca de indocumentados pueden repetir el incidente de hace dos semanas, que causó la muerte de la ciudadana nacida en Estados Unidos Renee Nicole Good a disparos de un agente de esa entidad. “Actuó en defensa propia”, dijeron el presidente Trump y la mujer encargada de la justicia. La señora Good pretendía matar al agente atropellándolo con su camioneta, según el gobierno. Jacob Frey, alcalde de Minneapolis, nos aclara: la ciudad tiene 600 policías. Los federales en busca de indocumentados son, en este momento, tres mil.