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Tal vez, alguien que no sea de mi familia extrañó que no escribiera en las páginas de El Economista durante dos semanas. Lo cierto es que anticipé mis vacaciones invernales con el objetivo de viajar a Zagreb, capital de Croacia, en mi carácter –identidad secreta- de presidente del Consejo Directivo de la Sociedad General de Escritores de México (SOGEM) para asistir a dos congresos que se celebraron uno tras otro, el de FEESAL, Federación de Sociedades de Autores Audiovisuales Latinoamericanos, y el de AVACI, Autores Audiovisuales Confederación Internacional.

Zagreb es una ciudad callada y discreta. Los tranvías que la recorren me recordaron los de mi infancia y adolescencia en la Ciudad de México. El idioma croata suena ríspido y el ciudadano croata es adusto y reservado.

Por azares de las aerolíneas, de regreso, tuvimos que hacer dos días –sábado y domingo- de escala en París. Oh la lá.

El sábado me levanté con el mismo entusiasmo que un diputado el día que va a cobrar su aguinaldo. Mi plan era simple: ir al Louvre, empaparme de arte, sentirme intelectual por un momento. Llegué al museo listo para saludar a la Mona Lisa como si fuera una amiga de la secundaria. Pero la realidad, como a veces sucede, decidió reírse de mí. Frente a la entrada se extendía una fila que serpenteaba como una anaconda hambrienta. Un guardia me dijo que la espera estimada, para entrar, era de “tres a cuatro horas”. Yo le agradecí su sinceridad; no todos los países tienen profetas trabajando en seguridad.

Renuncié con dignidad; decidí que el Louvre se conformaría con que sólo recorriera sus patios. Al menos no cobran por ver las pirámides de vidrio ni las bellas fachadas de los patios interiores. Llegué hasta el arco del Carrusel que comunica al museo con el Jardín de las Tullerías –con la espléndida variedad de colores de la naturaleza otoñal parisina. Tenía hambre. Salí a comer, lo bueno de París que es os restaurantes son de comida italiana.

Descubrí que París tiene una ventaja: no hace falta entrar a ningún museo para sentirse en uno. Las calles, los edificios, las plazas, todo está diseñado para que uno camine con cara de “ah, claro, el neoclásico tardío”, aunque no tenga la menor idea de lo que eso significa. Además aunque no haya visto a la Mona Lisa en el museo la vi en la cantidad de souvenirs de la gran variedad de tiendas y puestos de recuerdos de París de los que compré suficientes para testimoniar a familiares y a amigos mi pasó por la Ciudad Luz.

Al día siguiente caminé hasta el Arco del Triunfo, esa rotonda gloriosa que—dicen— celebra batallas, conquistas y hazañas históricas. Pero para mí que celebra el triunfo de los turistas que logran llegar, como lo hice yo, caminando Regresé por los Campos Elíseos. La avenida es tan elegante que uno siente que debería pedir permiso antes de pisarla. Las tiendas son todas de diseñador: perfumes, zapatos y bolsas, joyas y ropa que sólo pueden comprar los millonarios, siempre y cuando además sean evasores de impuestos. Entré a una boutique por curiosidad y salí con la certeza de que no sólo soy pobre: soy pobre en varios idiomas.

Por la noche pasee por el río Sena, en un yate equivalente al Fiesta de Acapulco, y, por supuesto, obligadamente, visité la Torre Eiffel. La había visto mil veces en fotos, películas, imanes y camisetas; creía conocerla perfectamente. Pero al pararme frente a ella, comprendí que la había subestimado. Siempre imaginé que era más pequeña. No sé si eso habla mal de mi imaginación o bien del ingeniero Gustave Eiffel. Quedé realmente impresionado.

Paris me despidió con esa mezcla tan suya de encanto y desdén. Ahora puedo presumir que conozco la ciudad tan bien como quien hojea la portada y lee las solapas de un libro y asegura haber leído toda la publicación.