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Merecería ser una novela la historia de cómo se transfiguró Francisco Villa en la cabeza de Martín Luis Guzmán.

Cómo dejó de ser el aterrador personaje de quien el escritor salió huyendo en 1915, para volverse el “gran debelador” (gran guerrero) de la Revolución Mexicana.

La Revolución Mexicana sufrió también una alquimia en Guzmán. La revolución que vive en sus grandes libros, La sombra del caudillo y El águila y la serpiente, es una saga de violencia cruda, simulación, ignorancia y ausencia de ideales.

Es el mundo que se resume en el aforismo de La sombra del caudillo: “La política mexicana sólo conjuga un verbo: madrugar” (matar primero).

La Revolución Mexicana del Martín Luis Guzmán consagrado por los años, en cambio, es parte de la grandeza histórica de México, ese país que busca a tientas su forma saltando de montaña en montaña: de la Independencia, a la Reforma, a la Revolución.

La alquimia de Villa en Guzmán no es menos grande.

En El águila y la serpiente, Villa es el animal impredecible y violento que hace temblar a Guzmán y al que Guzmán engaña, para huir de él.

Villa sospecha el engaño, alza a Guzmán de las solapas, lo mira “con fijeza” y le pregunta: “¿También usted me va a abandonar?”

Guzmán recuerda: “Creí ver pasar la muerte por sus dos ojos”.

Logra engañar a Villa, sin embargo, y Villa le pone un tren para que vaya a San Antonio “a ver a su familia”. Están en Aguascalientes. El libro termina con Guzmán trepado en el tren de Villa, contando las horas del miedo, pensando:

“¡Qué grande es México! Para llegar a la frontera faltaban mil cuatrocientos kilómetros”. En su madurez, Guzmán escribió unas monumentales Memorias de Pancho Villa. Y fue el gestor oficial de la inscripción del nombre de Villa en letras de oro en la Cámara de Diputados.

Villa había dejado de ser para Guzmán el animal mortífero que conoció, para volverse el símbolo de la grandeza revolucionaria que inventó a toro pasado.

Este segundo Villa, consagrado en 1969, es el que se recicla al bautizar oficialmente 2023 como “Año de Francisco Villa, el revolucionario del pueblo”.

Volveré sobre esta alquimia fascinante, al paso del año.