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Si partimos de la idea del lenguaje como –entre otras cosas–, un instrumento de poder, algunas  palabras con un significado inconveniente para un gobierno, ya sea por indiferencia o por imposibilidad de lograr el enunciado, puede mudarse hacia otro vocablo. A nuevo credo, nueva plegaria.

Por ejemplo, la palabra “conquista”, en referencia a la colonización americana y sus excesos, fue sustituida por “evangelización”. El genocidio por la “reservación”. La “bola” por Revolución; la agitación callejera por “lucha social”.

Este puede ser un principio para analizar el empleo de las palabras en estos días. Pero hay otro punto: la dispersión de los vocablos y su propagación (por eso se llama propaganda), en favor del grupo poderoso.

Así pues estamos viendo en estos días epidémicos y de retiro, una batalla –otra—, ahora por la palabra y su legitimidad.

Si hace muchos años se hablaba de la superioridad letal del verbo sobre la espada, hoy la utilización verbal incontinente, condenatoria, pendenciera, denigrante, descalificadora desde el poder, equivale a una utilización  excesiva de cualquier otra fuerza. La palabra es un arma.

Este redactor no recuerda haber visto nunca una abierta purga en el diccionario como esa a la cual nos ha convocado el Señor Presidente en sus reflexiones sobre el uso y el desuso de ciertos términos econométricos ya incorporados al lenguaje común, como desarrollo, producto interno bruto, ingreso per cápita, etc.

Son mediciones convencionales en cualquier arte del mundo. Pero eso no encaja en la estrategia del actual gobierno.

Si ya como una lección de la pandemia no acabada, el Señor Presidente nos ha dicho cómo refundar y rehacer los organismos financieros internacionales (no sólo los del Estado mexicano), también nos enseña ahora los nuevos verbos para el advenimiento de la Cuarta Transformación, la cual de seguir así las cosas, no concluirá con el cambio nacional, sino con advenimiento del nuevo mundo y el nuevo hombre.

“…ya crecimiento, PIB, Producto Interno Bruto, esos términos ya también deben de entrar en desuso, hay que buscar nuevos conceptos. En vez de crecimiento, hablar de desarrollo; en vez de Producto Interno Bruto, hablar de bienestar; en vez de lo material, pensar en lo espiritual. Hay que cambiar ya con todo eso y no creer tanto en esas cosas…”

Bertrand Rusell, a quien seguramente nuestro Señor Presidente ha leído en alguna buena traducción, dice en “My Philosophical Development”:

“…Las palabras, desde las más remotas edades de que tengamos noticia histórica, han sido objeto de temor supersticioso. El hombre que conocía el nombre de su enemigo podía adquirir mediante aquél poderes mágicos sobre él. Todavía actualmente usamos frases como `en el nombre de la Ley´. 

 “En este sentido podemos estar de acuerdo con el enunciado según el cual “En el principio fue la Palabra.”

Un amigo del SP, publicó ayer en “La jornada”, un  texto en el cual explica esta “ideologización” conceptual en las mediciones económicas:

“…A ocho columnas y en espacios privilegiados de la radio y la televisión se publican toda clase cálculos y pronósticos inútiles acerca de la medición de ese desarrollo por medio del PIB y sus variaciones.

“La palabra desarrollo ha cumplido, y cumple hoy, importantes funciones ideológicas y políticas, enmascaradas, solapadas, por el empeño de los economistas de hacer de dicha palabra un concepto técnico o científico…”

Independientemente del matiz entre desarrollo y crecimiento (el PIB medido internacionalmente habla de lo segundo) es notable la coincidencia doctrinaria: el cambio debe incluir el cambio de las palabras y el huevo ponerse antes de la gallina.

En ese sentido también se deberían revisar los eufemismos, cuyo engañoso ropaje siempre disfraza una verdadera realidad.

Por ejemplo llamar a los desempleados, “Jóvenes construyendo el futuro”, es un eufemismo doctrinario, como también decirles “Servidores de la nación”a los promotores electorales anticipados.

Dice Saramago en su célebre ensayo sobre las cosas y su nombre:

“…Hay unos cuantos eufemismos que sirven para disfrazar la realidad, y en este caso, al empleo precario se le llama también flexibilidad laboral…

En Cuba se llamaban Comités de Defensa de la Revolución a los grupos espías y delatores del barrio, y Robespierre (“El incorruptible”, ¡aguas!) le decía Comité de Salvación Pública al terror y la guillotina.

PREGUNTA

¿Los sesenta y ocho lugares comunes con los cuales los privados le sugieren un nuevo rumbo al gobierno, cabrán en ese estrecho y oscuro conducto donde el presidente les dijo guárdenselos ahí mismo?

Cuánto esfuerzo para tan proctológico destino.