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Es por momentos increíble la debilidad de la palabra de la autoridad, no solo del gobierno, en el debate público. No creo recordar un momento en el que los mensajes institucionales del gobierno y del Estado tuvieran tan corta vida, tan poco efecto y a menudo efectos tan contrarios a los buscados.

Solo recuerdo debilidades parecidas en momentos posteriores a crisis devaluatorias como las del 82 o el 95, o latigazos de violencia, como en el 94.

La voz de la autoridad en el debate público parece frágil, fácilmente controvertible y de corta duración en su credibilidad, cuando la tiene. Pero sobre todo parece ausente, replegada ante la adversidad del entorno.

Esperar que pasen las tormentas mediáticas parece la peor de las estrategias para recobrar el resuello. Muchas de esas tormentas son pasajeras, en efecto, pero todas juntas forman una realidad política que llegó para quedarse y ante la cual el silencio y la paciencia quizá sean los peores consejeros.

La autoridad ha perdido en muchos sentidos la palabra. En primerísimo lugar, tengo la impresión, porque ha renunciado a usarla, porque se rehúsa a salir al ruedo como una voz más, a ocupar su lugar y a hacerse oír.

La autoridad no pelea con su propia voz en la opinión pública ni tiene voceros que lo hagan por ella. Pero los huracanes de opinión pública, repito, llegaron para quedarse. No se combaten con silencios tácticos, sino con palabras oportunas. Y la oportunidad es cada día, varias veces al día.

Para ocupar su sitio en el debate, en mi opinión, la autoridad no tiene que rehuir, sino buscar a los medios, no guardarse información sensible, sino poner en el ágora lo que sabe y lo que cree.

Andrés Manuel López Obrador construyó una candidatura presidencial hablándole todos los días a los medios, muy de mañana. Imitando el horario y el instrumento, el vocero presidencial de Vicente Fox, Rubén Aguilar, detuvo más tormentas mediáticas que las que pudo incubar la locuacidad de aquel gobierno.

Perder la palabra pública es perder la política: disminuir la presencia del gobierno y del Estado en los momentos que más hace falta su presencia.

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