No es lo mismo pero es igual

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Manuel AjenjoEl Privilegio de Opinar

Me imagino, a veces, que entre Andrés Manuel López Obrador y Luis Echeverría existe un paralelo

Desde hace tiempo lo he pensado. Me imagino, a veces, que entre Andrés Manuel López Obrador y Luis Echeverría existe un paralelo que trataré de desentrañar en este escrito.

Ignoro si tengo lectoras y lectores afiliados a esta columna. Si los tuviera ellas y ellos saben, aquí lo he dicho y redicho, que voté por el político tabasqueño. Una vez fijada esta premisa, continuaré con lo biográfico: No voté por Luis Echeverría porque el sábado anterior al domingo de los comicios asistí a una fiesta en la casa de los finados Antonio Fernández —afamado productor de tele— y Aurora Castillón –guapísima vedette de los años 50 y principio de los 60, sobreviviente del Andrea Doria. Cuando ellos hacían fiestas en su casa, los invitados sabíamos cuándo empezaban, no cuándo terminaban. A las cuatro de la madrugada se podían ir los casados y los que tuvieran algo que hacer —el amor, por ejemplo. A esa hora se cerraba la puerta hasta después de la comida dominical.

Obviamente, preferí la fiesta y cuando salí de aquella casa sólo tenía ganas de dormir. Así fue como Luis Echeverría Álvarez se privó de mi voto. Pero sí me fui con la finta de la apertura democrática. Se puede decir que fui echeverrista en un ambiente donde la gran mayoría no lo era. Por el contrario, como hoy sucede con López Obrador, sus malquerientes decían que no era tonto sino lo que le sigue. Esta especie de admiración por un presidente al que, como escribió Gonzalo N. Santos, el Alazán Tostado, en sus memorias, no le alcanzaba el día para hacer pendejadas, partía de una campaña publicitaria, creada por mí, para el Fondo Nacional de Fomento Ejidal (FONAFE). Este fideicomiso, uno más de los muchos creados por LEA, en el papel era una maravillosa idea que se sintetiza en lo siguiente: Donde la tierra, por sus características, no es cultivable, por ejemplo los terrenos rocosos, las playas, los bosques, los campesinos recibirán subsidios para crear empresas ejidales que explotarán los recursos que tienen disponibles. Así fue como en la campaña publicitaria de mi creación se decía: “Los campesinos que cosechan mesa-bancos”; dedicada a los ejidos boscosos para la explotación de la madera. “Los campesinos que cosechan hoteles”, destinada a los ejidos costeros. Así surgió el fideicomiso Bahía de Banderas, para el desarrollo de las costas nayaritas. Después se supo que todo era sólo escenografía. El FONAFE era un nido de corrupción. Me decepcioné de la institución y de su creador LEA, que hizo primer secretario de la reforma agraria a su destapador Augusto Gómez Villanueva, quien puso a cargo de estos fideicomisos a Alfredo Ríos Camarena, personaje al que el siguiente gobierno, el de López Portillo, metió a la cárcel.

Pero, como de costumbre, ya me desvié. Vuelvo al tema: ayer cuando supe de la renuncia de Carlos Urzúa a la secretaría de Hacienda, sentí un déjà vu. El suceso me hizo recordar la renuncia de Hugo B. Margáin (1913-1997) a la misma secretaría el 29 de mayo de 1973, con la única diferencia de que el señor Urzúa sí expuso, en su carta renuncia, el motivo de ésta, lo cual constituye una dura crítica a la política lopezobradorista. En cambio el señor Margáin adujo como motivo de su renuncia una caída del caballo —la caída del cabello ya había sucedido antes. Como era costumbre de la época al renunciar don Hugo fue enviado como embajador de México en el Reino Unido. (Lo de la caída del caballo nadie se lo creyó porque era un consumado jinete. Al llegar a Londres fue invitado a la cacería del zorro. Para ello le proporcionaron un buen cuaco y como ya no había perros le dieron una perra. Al poco rato la perra iba hasta adelante de toda la jauría. El zorro iba en cuarto lugar).

La cuestión es que desde ayer tengo la impresión de que el santo de Macuspana, que cada día tiene menos devotos, va a manejar las finanzas nacionales tal como lo hizo Echeverría que a la renuncia de Margáin declaró: “Desde hoy las finanzas nacionales se manejan desde Los Pinos. Así fue y así nos fue. Donde dice Los Pinos, pongan Palacio Nacional. Al diplomático Margáin lo sustituyó el amigo de juventud del hoy anciano de San Jerónimo, José López Portillo, su sucesor.

En lo que no veo mucha semejanza entre don Luis y don Andrés Manuel es en el apoyo a la cultura. Sobre todo al cine que con Echeverría gozó de apoyo. Dicen que esto fue porque su hermano con el nombre artístico de Rodolfo Landa (1926-2004) era actor. Categóricamente les digo que Rodolfo nunca fue actor, existen más de veinte películas que lo confirman.

La única vez que he estado en los jardines de Los Pinos fue durante una entrega de Arieles, en un desayuno al que fui invitado por el licenciado Fernando Macotela con el que me presentó el maestro Héctor Ortega, al que le ayudé con el guión de una película: “La Palomilla en Vacaciones Misteriosas” que todavía, de vez en vez, pasan en la televisión. Por cierto, cuando mis amigos me preguntaron que cómo había estado el desayuno en la casa presidencial, les dije que muy patriótico: nos sirvieron un tamal verde, un tamal blanco y otro rojo. Y el blanco era de águila.


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