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Las autoridades financieras del país llevan varios meses analizando la manera de poder respaldar a Petróleos Mexicanos (Pemex). En esas andaban cuando la firma calificadora Moody’s les recordó que, como en las películas, si cortan mal el cable, podrían provocar que la carga explosiva de la petrolera estalle.

La perspectiva Negativa de la calificación crediticia que Moody’s tiene asignada a la deuda soberana mexicana, más la degradación de dos escalones de la nota de Pemex hasta un escalón antes del papel basura, son razones suficientes para que la operación de rescate no comprometa al rescatador.

Si se tratara de una empresa que sólo enfrenta la coyuntura de los precios bajos del petróleo en el mundo y un gobierno fuerte que tendría posibilidades financieras de tender un puente para salir del bache, no habría mayor problema para nadie.

Pero se trata de una empresa altamente comprometida en sus finanzas, con una reestructura laboral pendiente, con una drástica caída en su producción, con infraestructura insuficiente y como colofón, la caída en los precios internacionales del petróleo.

Del otro lado, hay un gobierno federal que depende fiscalmente de los ingresos de esa empresa emproblemada, un crecimiento de la deuda pública y del déficit fiscal, además de un ambiente financiero internacional convulso que aleja a los inversionistas del riesgo.

Pero no sólo es el rescate de Petróleos Mexicanos, también de aquellas entidades que se han convertido en dependientes de la empresa petrolera, como los casos específicos de los estados de Tabasco y Campeche.

Y así como a muchos de los habitantes de esas entidades hay que encontrarles nuevas actividades económicas, así a muchos trabajadores petroleros hay que darles opción de otras posibilidades económicas, al menos durante el tiempo que el petróleo vuelve a ser negocio y en especial para los particulares que ahora se incorporan.

Cuando desde el gobierno federal aseguran que Pemex es una empresa viable, lo que hay que tener garantizado es que el negocio petrolero habrá de tener mejores épocas en el futuro, porque este mercado tiene ciclos como muchos otros.

Una empresa estatal que compita con particulares podría tener éxito si se especializa en áreas específicas y si cumple la labor social a la que está llamada una entidad pública.

Pero Pemex como está, como la hemos conocido en estos últimos años, no podrá ser esa empresa viable de la que tanto hablan.

Por eso es que los miles de millones de pesos que están a punto de transferirse desde el gobierno federal hasta Pemex no sólo deben quedar bien explicados y apuntalados en las finanzas públicas, para evitar la percepción de destapar un hoyo para tapar otro, sino que también debe ir el Pemexproa acompañado de un plan profundo de reestructura de esta empresa.

El remanente del Banco de México es una bocanada de oxígeno puro para el gobierno que encontró casi 240,000 millones de pesos para bajar su nivel de deuda y sus requerimientos de endeudamiento de este año.

A la opinión pública le pueden vender un plan de nombre atractivo de respaldo a la petrolera, podrían incluso darlo a conocer en un boletín publicado un sábado por la mañana. Pero a los mercados, a las calificadoras deben mostrarle un trabajo pulcro de finanzas públicas que garantice que es posible el respaldo a Pemex sin comprometer la alicaída salud financiera de todo el país.