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Dice Montaigne: “La premeditación de la muerte es la premeditación de la libertad”. Es el epígrafe que Carlos Fuentes puso al inicio de La muerte de Artemio Cruz. Nunca he entendido bien estas palabras. Están en el ensayo 19, que lleva por título “Filosofar es aprender a morir”.

El pasaje completo dice así:

“Es incierto dónde nos espera la muerte; esperémosla por todas partes. La premeditación de la muerte es premeditación de la libertad. Quien ha aprendido a morir ha desaprendido a servir. La vida nada tiene de malo para aquel que ha entendido bien que la privación de la vida no es un mal. Saber morir nos libera de toda sujeción y constricción”.

Quien no piensa en su muerte y la acepta cada día, parece decir Montaigne, nunca ve de frente lo que le espera, nunca es libre de su miedo a morir.

No lo sé, tiendo a creer que no. Dice el propio Montaigne, en el mismo ensayo, que “la persecución de una cosa participa de la calidad de la cosa perseguida”: hay placer en los trabajos que impone la conquista del placer.

¿Cómo puede desprenderse de la cavilación sobre la muerte otra cosa que la melancolía de la muerte? Quien piensa sin cesar que morirá, ¿no se vuelve esclavo doble de su muerte?

Desde que murieron mis padres me despierto todos los días pensando que moriré. Ese pensamiento no me libera, me entristece.

Es verdad que la repetición de esta condena la vuelve cada vez menos temible: más familiar. El miedo al escándalo de la propia muerte va transformándose en un temor difuso a la enfermedad o la vejez: a la enfermedad dolorosa, a la vejez inerme.

Creo que en Virgilio hay otra vía de liberación frente a la muerte. La vía de la inconciencia, de la impremeditación. El cobarde muere muchas veces, dice Virgilio, el valiente solo una.

Es decir, que quien no teme a la muerte no piensa en ella cada día, no premedita largamente su muerte, y es más libre para vivir lo que le queda.

Antípodas de Montaigne: la negación ciega de la muerte es la condición subyacente de la alegría y la libertad de vivir.

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