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El peso fuerte no es sinónimo de éxito gubernamental ni un termómetro de la estabilidad nacional.

Dos de los peores errores económicos de México han sido elevar a rango de símbolos patrios al peso y al petróleo.

La libre flotación cambiaria empezó por la fuerza a finales de 1994 después del “error de diciembre” y desde entonces el peso mexicano tomó su propio rumbo en los mercados financieros.

Hoy el peso es la moneda más negociada de América Latina, por lo que se ha convertido en el representante favorito de los inversionistas para la región. Más de 80% de las transacciones con pesos mexicanos ocurren en los mercados internacionales, no en México.

Así que, bien haría el régimen en dejar de usar el tipo de cambio como bandera de éxito; sobre todo, porque la propia Secretaría de Hacienda ya elevó la voz sobre los riesgos que hay para las finanzas públicas por la apreciación del peso frente al dólar.

Con la frialdad de los números, la autoridad fiscal reconoció que por cada 10 centavos de apreciación del peso frente al dólar respecto a la paridad estimada el sector público pierde 15,000 millones de pesos anuales en ingresos petroleros.

Al castigo a las finanzas públicas hay que agregar otra calamidad con más impacto social: los mexicanos que reciben remesas enfrentan la dificultad de la crueldad de la política migratoria de Donald Trump y la pérdida de poder de compra por la paridad cambiaria.

Y el comercio, donde 80% de las exportaciones tienen como destino Estados Unidos y un peso apreciado encarece esos productos.

Pero es aquí donde está una de las trampas de la apreciación cambiaria. Más allá de ser un instrumento financiero para especular con el carry trade, que deja ganancias por el diferencial de las tasas de interés, el Presidente de Estados Unidos ha dejado ver que un dólar débil es parte de su estrategia neoproteccionista en materia comercial.

Claramente está muy equivocado en querer parecerse a China, que ha hecho del renminbi un arma comercial. China es un país autoritario, con autosuficiencia en su proveeduría industrial y su consumo, que tiene vocación netamente exportadora.

Estados Unidos, no. Las importaciones de bienes intermedios y de consumo son determinantes para esa economía, y entre los aranceles y la moneda débil ahorca sus cadenas productivas, impulsa la inflación y de paso deteriora sus mercados financieros.

El aval de Donald Trump a un dólar débil solo alimenta las burbujas que ya han crecido de forma descomunal, como, por ejemplo, en el precio de los metales de refugio. Y no hay burbuja financiera sana.

Al final, el tipo de cambio no debería ser un fetiche político ni de Palacio Nacional ni de la Casa Blanca. Mientras acá insisten con celebrar al “súper peso”, la Secretaría de Hacienda se truena los dedos por la manera como esa fortaleza cambiaria desangra las finanzas públicas y el bolsillo de los que reciben remesas.

Trump acepta que le gusta un dólar débil porque quiere forzar un progreso manufacturero que la realidad global y de su consumo interno no le permiten.

Ni el peso fuerte es sinónimo de honestidad gubernamental, ni el dólar débil es la panacea para hacer a Estados Unidos grande otra vez.

El peso es la moneda más negociada de América Latina, por lo que se ha convertido en el representante favorito de los inversionistas para la región. Más de 80% de las transacciones con pesos mexicanos ocurren en los mercados internacionales, no en México.