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Brasil tiene serios problemas financieros, políticos y económicos. Los escándalos desatados por las malas prácticas de gobierno de Petrobras ponen en riesgo el grado de inversión de este país sudamericano.

Si algo debe aprender a valorar una economía emergente es que las firmas calificadoras respalden sus esfuerzos de estabilidad financiera con una calificación dentro del grado de inversión.

En México sabemos lo que implica vivir en los dos mundos: el del desorden financiero, con altas tasas de interés, inflación desatada y bajas expectativas de crecimiento; y en el país de la estabilidad macroeconómica, donde la inflación dejó de ser una preocupación cotidiana.

Pero eso de la estabilidad es como bajar de peso y ponerse en forma. Quien no se cuida después de conseguir su meta rebota y se pone peor, porque además se confía.

Hoy, dos de las estrellas emergentes de América Latina enfrentan la amenaza de subir de peso fiscal y perder la línea que haga imposible vestir las ropas de las finanzas públicas sanas.

Es un hecho que Brasil tiene serios problemas financieros, políticos y económicos que México no tiene. Pero lo que sí vemos hoy en estos rumbos es un foco de advertencia, la aguja de la báscula aumentando la presión.

Las firmas calificadoras no son dioses a los que hay que complacer con sacrificios, son los mensajeros de los inversionistas que conforme se restrinja la política monetaria estadounidense serán mucho más quisquillosos con sus opciones financieras. Y las corredurías cobran por advertir los peligros al momento de invertir.

Brasil encontró su Waterloo en su empresa petrolera. La paradoja es que ese gigante sudamericano no era una nación reconocida por su producción petrolera, pero la apertura del sector pintó para los cariocas un panorama de desarrollo que no tenían contemplado.

Petrobras fue la última de las banderas del progreso que pudo enarbolar Luis Inácio da Silva para proyectar al país que gobernaba hacia la buena fama.

Al paso de los años se gastaron lo que no tenían y el cáncer de la corrupción hizo metástasis en la estrella de la corona.

Por lo menos en Brasil se han dado la oportunidad de destapar los episodios de corrupción, algo que todavía envidiamos los mexicanos. Pero los escándalos desatados por las malas prácticas de gobierno en Petrobras, más la indisciplina fiscal provocaron el regreso de ese país a los terrenos de la indisciplina.

Brasil está a un pequeño paso de perder el grado de inversión de las firmas calificadoras, y con ello se enfrentará a la necesidad de miles de millones de dólares y de tener que salir de ese mercado.

La novedad es que México estaría también en la orilla de la degradación crediticia por la mala condición de su empresa petrolera.

A Pemex la han ondeado y maltratado por décadas. El combate a la corrupción sigue siendo el gran pendiente nacional, pero su mala condición financiera es imposible de esconder. Porque a la par que con una mano le quitaban todo a la petrolera, con la otra se endeudaba con el total aval del Estado mexicano.

Si Pemex perdiera hoy el respaldo financiero del gobierno sería una empresa totalmente quebrada, pero como quien responde por sus pasivos es el Estado mismo, lo que hay es una amenaza financiera severa.

Moody’s ya deslizó a México su preocupación por el impacto de los enormes pasivos de Pemex sobre las finanzas públicas. Nada inminente, pero sí una advertencia.

Lo que hay que hacer es encontrar salidas. Una posibilidad es olvidarse de la promesa política de adelantar la baja en el precio de las gasolinas y dedicar íntegro el excedente que genera la venta al servicio de una deuda que se ha dejado crecer de manera irresponsable.

México y Brasil. Sus petroleras, sus calificaciones - columna-kike-campos
Foto de El Economista