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¡Qué chocante nos resultó el primer ministro de la provincia canadiense de Ontario, Doug Ford!

Con eso de pretender expulsar a México del acuerdo comercial con ellos y Estados Unidos, el T-MEC, por ser la “puerta trasera” de productos chinos que tienen acceso al mercado más grande del mundo.

Pero ¿qué pasaría si tiene algo de razón en su argumento tan poco diplomático?

Hay numeritos. Una de las tantas formas de medir el volumen del comercio internacional es el llamado Inbound Ocean TEUs Volume Index, en términos simples es un indicador a través del volumen de los contenedores de mercancías, y lo que vemos es un disparo del comercio chino a México. Productos que después brincan la frontera a Estados Unidos.

A través de este indicador se aprecia que en el lapso 2019-2023 hubo un aumento de las exportaciones chinas a Estados Unidos de 31%, mientras que a México marca un incremento de 134 por ciento.

Una de las formas de impactar el mercado norteamericano a través de estas importaciones chinas, tal como lo denunció el tal Doug Ford, es cambiando la etiqueta de “Made in China” a “Made in México” y entonces gozar así de las salvedades del T-MEC.

Esa ruta no es ningún secreto escondido, un consumidor estadounidense puede entrar en cualquiera de las más famosas plataformas de comercio digital y adquirir un producto de manufactura china.

Ese pedido se surte desde una bodega ubicada del lado mexicano que, si el producto no supera el precio de la franquicia libre de impuestos que otorga el acuerdo comercial, cruza la frontera y se entrega al cliente en la puerta de su casa sin el pago de aranceles.

Si el consumidor estadounidense intentara hacer esta compra directamente de China, seguro se encuentra con la aplicación de un arancel, pero si el producto ya está en suelo mexicano, puede hacer uso de la Sección 321 de la legislación aduanera estadounidense que le da un margen de hasta 800 dólares para la importación sin aranceles ni impuestos.

Evidentemente que los chinos están explotando esa puerta de entrada a Estados Unidos con la anuencia de las autoridades mexicanas.

Cuando en la campaña Donald Trump vociferaba sobre la entrada de autos chinos fabricados en México y vendidos en su país, sólo acomodaba las palabras para hacer enojar a sus consumidores, pero esencialmente esta trampa es el problema.

La realidad es que, en Estados Unidos, y ya vimos que también en Canadá, hay una preocupación, legítima para ellos, de que China está usando a México para importar a Norteamérica productos de consumo o ensamblados aquí con piezas asiáticas, que sí violan la esencia del acuerdo comercial trilateral.

Si Estados Unidos nos pone aranceles, nosotros les ponemos más aranceles a sus productos y a ver quién pierde, ese es el tipo de bravuconadas que se escuchan ahora desde el gobierno mexicano.

Quizá vale la pena repensar el costo de oportunidad de ser tan condescendientes con los chinos en detrimento de nuestros principales socios comerciales que tienen una declarada guerra comercial contra el gigante asiático.

Puede ser que, con estar del lado correcto de la ecuación comercial, se libre la amenaza de perder el pacto trilateral que mantiene a la industria de exportación mexicana.