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Es pésima noticia que, el de México, sea casi el único gobierno del mundo que otorga con su silencio credibilidad a los comicios del domingo en Venezuela, que renovaron el Parlamento con una farsa sin respaldo internacional ni participación de la oposición.

Nuestros socios en el T-MEC, Unión Europea y el Grupo de Lima rechazaron esa estafa electoral impuesta por el dictador Maduro que, además, registró una escandalosa abstención del 85 por ciento y la ausencia de candidatos opositores.

La dictadura prohibió la verificación internacional independiente y sólo acepto la de aliados señalados en sus propios países como delincuentes electorales, como Evo Morales y Rafael Correa, también, por ciento, amigos íntimos del gobierno mexicano.

El mensaje de México es, sin género de dudas, de apoyo a la burla electoral del dictador, aunque no es nuevo, porque México lo respalda en la ONU y la OEA, incluida su aprobación del uso del Ejército para impedir el ingreso de los opositores al Congreso.

Como tampoco es nueva la simpatía del actual grupo de poder en México por la manera de desarrollar elecciones de la dictadura venezolana, que ha ganado 22 de las 24 elecciones que armó en 21 años, gracias al control que ejerce de la autoridad electoral.

En una entrevista para Univisión en 2017, el hoy presidente de México le recordó a León Krauze que “Hugo Chávez fue electo con una democracia mucho más vigilada o con elecciones más vigiladas que las nuestras”.

Krauze le preguntó entonces: “¿Mejor aquella democracia que la nuestra?”

Y el actual mandatario de México respondió: “Sí, en lo electoral, sin duda; aquí nos han robado la presidencia”.

Pues en esa democracia “mejor sin duda” que la mexicana, la dictadura arrasó el domingo en unas elecciones parlamentarias sin  candidato opositor alguno, al ganar 240 de los 277 escaños, pues regaló algunos a los partidos de fantasía que apoyaron el teatro.

“Hemos tenido una tremenda victoria electoral”, dijo el dictador Maduro, el mismo al que la ONU consideró hace un mes “asesino de lesa humanidad” y que mantiene un millar de presos de conciencia, sin haberles girado orden de aprehensión alguna.

Sin embargo, México tiene la obligación de pronunciarse sobre esa contienda electoral (que Maduro consideró “tremenda victoria”) al igual que se pronunció con toda celeridad en las que ganó, en Bolivia, el partido de Evo Morales, el pasado 23 de octubre.

Por lo pronto, hay que insistir en que la “tremenda victoria” de la dictadura se registró en comicios sin legitimidad, porque fueron llevados a cabo sin las mínimas garantías que exige un proceso democrático.

Y si México no condena esta bufonada electoral es un malísimo presagio para el futuro del país.

Si calla: es que las apoya.