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En Davos, ese club alpino donde la desigualdad global se discute con vino caro y bufandas de cachemira, Mark Carney, el primer ministro de Canadá, decidió ponerle palabras solemnes a un presentimiento hecho realidad: el orden mundial se rompió. No se resquebrajó, no se agrietó: se rompió. Se acabó la grata ficción de que el comercio nos haría buenos, de que la globalización nos volvería razonables y de que las grandes potencias jugarían limpio porque alguien les explicó las reglas. Bienvenidos, dijo entre líneas, al amanecer de una realidad brutal: la geopolítica volvió a ser un juego sin frenos, sin árbitro y sin VAR. Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben. Esta última frase se le atribuye desde hace 2,500 años el historiador Tucidides, (460 a C – ¿396 a C?). El ateniense, también, escribió: “El deseo de poder y la ambición, sucederán mientras la naturaleza humana sea la misma”.

Lo dicho por el premier canadiense se sabía con otras palabras y tonalidades, se hablaba de ello; pero esta vez se dijo en voz alta, sin eufemismos y sin el tradicional maquillaje multilateral. El sistema internacional —admitió— ya no es un espacio de cooperación sino un campo de batalla donde la integración económica se usa como amenaza. No como puente, no como incentivo, sino como garrote. Aranceles, sanciones, cadenas de suministro convertidas en rehenes. Globalización, pero con bozal.

El mensaje, sin embargo, no fue completamente fatalista. Canadá, en un arranque de sano optimismo, sostuvo que las potencias medias no están indefensas. Que no todo está perdido. Que todavía pueden construir un nuevo orden que integre valores como los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la soberanía y la integridad territorial de los Estados. Es decir, el viejo menú normativo de siempre, pero ahora servido en un mundo que ya no cree en recetas.

Luego vino la frase de Mark Carney, lanzada como advertencia envuelta en humor anglosajón: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”. Traducción libre: o participas en la toma de decisiones o te comen. No hay tercera opción. No hay zona neutral. El mundo ya no es buffet, es banquete con invitación. ¿Y México? Al parecer no estamos ni en la mesa ni en el menú. ¿Acaso seremos el mesero?

En Davos debió estar Marcelo Ebrard. No por nostalgia ni por fetiche tecnocrático, sino porque este es su terreno natural: el del pragmatismo, la interlocución, la lectura del momento global. En un mundo donde la integración económica es un arma, necesitas oficio, presencia y capacidad de negociación.

En lugar de eso, México estuvo presente sin estridencias, ni discursos incendiarios, nos representó Alicia Bárcena Ibarra, titular de la Semarnat, quien llegó al Foro Económico Mundial a explicar que en nuestro país el desarrollo ya no es eso tan vulgar de crecer a cualquier costo, sino una cosa más fina: crecer con justicia social, protección ambiental y, de ser posible, sin ensuciar el mantel. Una especie de manual de buenas intenciones: desarrollo sí, pero con equidad; inversión extranjera, pero con conciencia; crecimiento, pero sustentable, como si el PIB pudiera alimentarse de energía solar y buenas vibras.

Bárcena también delineó la estrategia ambiental del actual gobierno, que suena impecable: restauración ambiental como prioridad, soluciones basadas en la naturaleza, descarbonización gradual del país y un tratamiento adecuado de los residuos. Se habló de acabar con la deforestación, evitar la contaminación por plásticos y, sobre todo, dejar atrás la economía lineal para

entrar de lleno en la economía circular. La economía circular es una gran idea: nada se desperdicia, todo se transforma. El reto está en que en México llevamos décadas perfeccionando otra modalidad, la economía del tiradero discreto. Es urgente un cambio en nuestra relación con los deshechos. Tomar conciencia de que la economía circular no es una utopía ecológica, es simple sentido común, ese recurso que también se nos está agotando.