Vienen grandes inversiones y una ola de optimismo, pero hay un asunto no resuelto: el gigantesco déficit comercial que supera los 50 mil millones de dólares.

Los chinos son pragmáticos. No hicieron drama con el asunto del Tren Rápido a Querétaro. La visita de Enrique Peña Nieto a Beijing les sirvió para anunciar 14 iniciativas que tienen un valor conjunto que puede llegar a los 14 mil millones de dólares.

El gobierno mexicano también es pragmático. Dio un giro radical a la estrategia de confrontación del gobierno de Felipe Calderón. Se habla más de colaboración binacional que de competencia. Más que reclamar por la entrada masiva de productos chinos a México, se ha enfocado en promover las inversiones del dragón en territorio mexicano.

Una nueva era de las relaciones está comenzando. China se convertirá en uno de los mayores inversionistas extranjeros en México y también será una nueva fuente de recursos financieros para nuestro país. Hay una complementariedad natural entre las dos economías. México requiere un río de recursos para financiar los proyectos de infraestructura y la explotación de los recursos energéticos. China está nadando en un océano de divisas duras, gracias a su monstruoso superávit comercial. Sus reservas de divisas suman 3 billones de dólares. Tiene además dos de los diez mayores bancos del planeta, el número 1 es el Banco Industrial y Comercial que pronto comenzará a operar en México.

El optimismo está en el aire y es justificado. Hace tres años no sabíamos qué hacer con China. Ahora tenemos decenas de inversiones en puerta y una hoja de ruta hasta el 2020, que incluye colaboración científica y tecnológica.

Todo este optimismo no debe embriagarnos, porque hay asuntos grandes que no hemos resuelto. El más importante de ellos es el gigantesco déficit comercial. La relación comercial bilateral ha crecido casi 900 por ciento desde el año 2002. El crecimiento ha sido algo más que asimétrico. México vende a China alrededor de 6 mil millones de dólares cada año. China le vende a México casi 60 mil millones de dólares anuales. En todo el mundo, sólo Estados Unidos tiene un mayor déficit con China, pero en esa relación hay una diferencia sustancial: una gran parte de los bienes que Estados Unidos importa de China corresponde a comercio intrafirma. Son empresas estadounidenses que tienen plantas en China para abastecer el mercado norteamericano.

La inminente inversión china en México servirá para nivelar un poco la balanza de pagos, pero no bastará para cerrar la herida que deja una relación comercial tan dispareja. Decir herida no es una exageración: hay ramas industriales completas para las que China no es una oportunidad, sino una amenaza. El Dragon Mart es uno de los mejores ejemplos, pero no es el único. La cadena textil y de la confección y la industria del calzado tienen historias de terror que contar. Es una realidad que una parte de las mercancías provenientes de China llegan a México con precios por debajo del costo de producción. Por desgracia, los mecanismos legales de protección son muy lentos para los afectados.

Que viva el nuevo pragmatismo en la relación México-China. Que ese pragmatismo sirva para abrir nuevas oportunidades económicas, pero que no sea un pretexto para meter en la nave del olvido los temas difíciles. Las nuevas inversiones parecen espectaculares, pero no sustituyen el comercio justo. No basta con vender tequila y carne de puerco para cerrar la herida… quise decir la brecha.