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En algún relato malogrado intenté una fábula de la historia reciente de los mexicanos como una anábasis multitudinaria, una migración larga de pueblos, clanes y familias, no de la costa hacia el interior, como se traduce la palabra anábasis, la palabra griega, sino de todas partes a todas partes, en busca de otra cosa y de sí mismos, sin saber bien a bien quiénes son, de dónde vienen y hacia dónde van, y por qué.

Creo que durante el último medio siglo una parte sustantiva de la población mexicana se la ha pasado migrando, dejando su pueblo para ir a la ciudad o su país para ir al norte.

Durante los años de esa anábasis, decenas de millones de mexicanos han vivido, física y mentalmente, en un lugar existencial intermedio entre su origen y su destino, en un estado de “suspensión de pertenencia”, pues no son ya de donde vienen ni todavía de adonde van.

Los años de esta gigantesca anábasis, este interminable vaciamiento de pueblos, aglomeración de ciudades, cruce de fronteras internas y externas, separación de familias, pérdida y adquisición de identidades, tuvieron lugar en México paralelamente con el proceso de deconstrucción de una hegemonía política y una narrativa nacional.

Los tiempos de nuestra gran migración demográfica fueron también los de nuestra fragmentación democrática del poder, y los de la erosión de los cuentos compartidos que forman las identidades nacionales.

En un ensayo penetrante sobre las identidades nacionales de México y Estados Unidos, José Antonio Aguilar Rivera propuso esta verificable paradoja: la sociedad americana, que parece tan diversa y contrastada por sus herencias raciales y su historia migratoria, es en realidad una sociedad más homogénea que la mexicana, con su desleído nacionalismo oficial y su mentirosa historia patria, que nadie sabe de memoria.

La pedagogía pública estadunidense, los valores asumidos y la adhesión a los mitos del american way of life son más potentes y cohesivos, en su diversidad, que las adhesiones simbólicas y los sentimientos compartidos que hay en los barracones espirituales de la unidad nacional y el orgullo patrio mexicano.

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